24 mayo, 2012
- Fingiste que la amabas. La dejaste y le partiste el corazón.
+Peor. Es posible que tubiera, por poco tiempo eso si, desazón.
- ¿Desazón?
+ Desazón.
- ¿Como sentimientos, dice?
+ No, no, no, no tanto como sentimientos. Más bien... está bien sentimientos, ¡que puñeta!
- Y aún así la abandonaste, ¡que ruín!
+ Gracias.
Una vez, una tarde de domingo, recibí un mensaje en mi movil de alguien que sin duda, era capaz de producirme en mi corazón sentimientos y sensaciones que hacía tiempo palpitaban con tal intensidad que me quedaba inmovil, expectante, como si me quedara absorta. Cada vez que miraba una foto de los dos, recordaba los bonitos paseos que dabamos, las palabras bonitas que salían de vez en cuando y los momentos mágicos que vivimos, una sonrisa se instalaba en mi cara y no paraba de sonreir.
Hay personas que son capaces de hacernos vivir historias maravillosas, dignas de recordar siempre. Pero hay veces que cuando esas historias, aventuras, encuentros o como queramos llamarlos se han terminado, porque los dos han decidido que el fin llegó, o que no había nada en común, o que simplemente era hora de empezar una nueva etapa, es cuando se nos rompe el corazón, nuestros esquemas, nuestra tranquilidad aparente. Nos aferramos a algo, le ponemos nombres distintos, nos dicen eso de que "fue bonito mientras duró", nos engañamos pensando que "quizás es la decisión correcta" pero en nuestro interior, algo nos mueve a salir corriendo de nuevo a sus brazos, a sus manos, a sus labios.
Cuando sufres porque no te llama, porque no recibes sus mensajes, porque no le ves... Piensas que sigues enamorada de él, que puede existir alguna forma de recuperarlo, de conquistar su rudo corazón, de sonreirle en más ocasiones, de hacerle ver que sigues estando ahí y que eres parte de su vida. Pero hay un día en el que te cansas. Sabes que le sigues queriendo, que está ahí, que sus palabras y sus abrazos siguen acariciandote cada noche cuando te ves sola en la cama, cuando recuerdas la última vez que os visteis y cuando te besó tan dulcemente, cuando miraste hacia atrás y todavía seguías viendole ahí esperándote. Pero todo eso se va esfumando lentamente y te quedas con los vagos recuerdos que te va dejando el paso del tiempo.
Por eso, cuando recibes un mensaje después de tanto tiempo piensas en una segunda oportunidad, en volver otra vez a ser algo. Pero ¿Y si ya no puedes volver a serlo? ¿Y si es que en el fondo no quieres? Y por eso, respiras profundamente, te armas de valor, te pones al miedo por montera y le dices la verdad, lo que sientes, lo que te ha costado tanto decirle, lo que has callado esperando el momento perfecto, ese que parecía no llegar y que al final, te lo ha puesto él en bandeja de plata:
"Se que no te va a gustar lo que te voy a decir, que te va a desconcertar, que te dará rabia e incluso sentirás impotencia, pero ya no hay nada más. Fue bonito mientras duró, lo disfruté con mucho cariño, te llevo dentro de mi corazón. Fuiste muy importante en mi vida, te sigo sintiendo muy cerca, pero si lo nuestro ahora no tiene presente, no va a tener futuro tampoco. Sí, claro que te sigo queriendo, mucho, más de lo que te puedes imaginar, pero no estoy enamorada de tí. Me merezco la oportunidad de ser feliz, de encontrar a alguien que sea capaz de abrazarme todas las noches de mi vida, que me espere siempre cuando regrese, que llore conmigo y se alegre de mis triunfos. Una mano que me ayude a levantarme cuando caiga y me acompañe cuando ande. No te voy a olvidar, pero eres una puerta que se cierra hoy para mañana, poder abrir otras".
Y así, sin más, cerré los ojos, me armé de valor, controlé mis miedos y le di al botón de enviar. Ya no había vuelta atrás. Una vez que tomas una decisión, hay que seguir con ella hasta las últimas consecuencias, como cuando le amé, como cuando arriesgué todo por él. Solo así sabes que no dejaste nada en el camino, que no dejaste perder ninguna oportunidad. Solo así sabes que es el momento de empezar una nueva etapa en la vida. No, no merece la pena una segunda oportunidad, porque hay alguien ahí fuera esperandome, alguien maravilloso, que merece que arriesgue todo por él, por encontrar esa anhelada felicidad que todos vamos buscando.
La guerra más dificil no es la que se brinda en campo enemigo, sino en la que luchamos contra nosotros mismos. Las heridas tardan más en cicatrizar, pero siempre que las miramos, nos recuerdan que ganamos. Sí, ganamos. Aunque me hayas perdido por el camino, yo me he ganado a mí misma.
08 mayo, 2012
Donde hubo fuego, quedan brasas...
He estado esperando todo el día
a que mencione usted el beso que le di anoche.
Suele decirse que "dos no se pelean si uno no quiere", pero es que creo que alguien olvidó mencionar eso de "dos no se besan si a los dos no les apetece". Y es que me da la sensación de que por cada paso que doy hacia delante, se han retrocedido unos cientos hacia atrás, por lo cual, el avance se hace muy difícil. ¿Cómo hacer cuando en tu corazón, sigue estando su nombre, ese amor que le tienes, pero en tu cabeza ya no está presente? Es dificil salir adelante cuando te encuentras dividida, cuando su actitud no hace ni el más mínimo esfuerzo por intentar cambiar a esa parte de ti, para que él también le quiera.
Dudo mucho que le suceda lo mismo, que se caliente la cabeza, que intente hacer todo y cada uno de los esfuerzos que hago yo, pero dicen que así es el amor, que unas veces se pierde, otras veces se gana, como en la guerra. ¿Pierde él? ¿Pierdo yo? ¿Ganamos los dos? Posiblemente, eso no lo dudo. Creo que se intentan hacer esfuerzos pequeñitos, pero cuando algo no sale como esperamos, cuando donde esperabamos un "Sí", aparece de repente un "No" lo damos todo por perdido y no luchamos lo suficiente, al menos, no las personas que he conocido, aunque puede darse la casualidad (para los que crean en ella) de que no haya dado con algunas que así lo hayan hecho, cosa diferente que hago siempre, hasta las últimas consecuencias, hasta donde ya no hay más, hasta donde el cuerpo desfallece y el alma termina agotada. Pero así deberían ser las cosas, no darlas por perdidas hasta el último aliento.
Yo nunca doy nada por perdido. Incluso cuando ya ha salido la palabra "Fin", sigo teniendo la esperanza de que algo puede cambiar, un pequeño milagro, aunque conforme pasan los años, eso termine por desaparecer de nuestro vocabulario. Y por eso, aquella noche, en la que ibamos caminando y hablando sobre las cosas de la vida, esas conversaciones en las que intentas arreglar un mundo sin arreglo, ayudar a quien no te lo ha pedido y soñar por aquellos que se olvidaron de ello, una noche de esas estrelladas, en las que una brilla con especial ilusión, se sienta en un banco y te dice: "Te echaba de menos". Puede que en otro momento sí, en otro instante le hubiera dicho un "y yo también" que suelen decir los cobardes, los que no quieren decir la verdad, pero en ese momento, me armé de valor y le dije un "gracias". Me rodeó con sus manos la cintura, me atrajo hacia él, y me dio un beso en los labios, pequeño, dulce, de despedida, de un "ha sido bonito mientras duró, pero esto, se ha terminado", un beso de esos que se quedan en la memoria para siempre, para recordarlo una y otra vez los días de melancolía.
Sí, así es la vida. Te pasas la mitad del tiempo esperando a que suceda y una vez ha sucedido, te das cuenta de que no era para tanto. Te das cuenta de que al final, las historias sí que tienen un final, los momentos tienen una canción. La nuestra era algo conocida por los dos, era un "ni contigo ni sin ti" y así no se va a ninguna parte.
Al día siguiente nos volvimos a ver. Nadie dijo nada. Yo esperaba con impaciencia que él me dijera que quería otra oportunidad, que me echaba de menos, que me necesitaba. Pero no dijo nada. Aquello fue lo mejor que pudo pasarme, porque descubrí que aunque le quería, ya no era con la misma intensidad.
Por la noche recibí un mensaje suyo, porque no lo que no había sido capaz de decirme a la cara, prefería decirmelo por escrito. Me dijo que yo seguía siendo muy importante en su vida. Podía tener razón. Podría estar engañandome. Podrían ser mil cosas a la vez o no ser ninguna. Entonces, tras mucho pensar, tras ver parpadeante un cursor que me decía que debía decidirme a decirle algo, se lo dije:
"Te quiero. Siempre lo haré. Pero eso no quiere decir que esté enamorada de tí".
Y tras enviar ese mensaje y cerrar el portatil decidí que había que cambiar de rumbo. Él iba a estar ahí, pero ya no de la misma forma. ¿Despedidas? Sí, claro, puede haber muchas. Hasta que llega la definitiva.
Dudo mucho que le suceda lo mismo, que se caliente la cabeza, que intente hacer todo y cada uno de los esfuerzos que hago yo, pero dicen que así es el amor, que unas veces se pierde, otras veces se gana, como en la guerra. ¿Pierde él? ¿Pierdo yo? ¿Ganamos los dos? Posiblemente, eso no lo dudo. Creo que se intentan hacer esfuerzos pequeñitos, pero cuando algo no sale como esperamos, cuando donde esperabamos un "Sí", aparece de repente un "No" lo damos todo por perdido y no luchamos lo suficiente, al menos, no las personas que he conocido, aunque puede darse la casualidad (para los que crean en ella) de que no haya dado con algunas que así lo hayan hecho, cosa diferente que hago siempre, hasta las últimas consecuencias, hasta donde ya no hay más, hasta donde el cuerpo desfallece y el alma termina agotada. Pero así deberían ser las cosas, no darlas por perdidas hasta el último aliento.
Yo nunca doy nada por perdido. Incluso cuando ya ha salido la palabra "Fin", sigo teniendo la esperanza de que algo puede cambiar, un pequeño milagro, aunque conforme pasan los años, eso termine por desaparecer de nuestro vocabulario. Y por eso, aquella noche, en la que ibamos caminando y hablando sobre las cosas de la vida, esas conversaciones en las que intentas arreglar un mundo sin arreglo, ayudar a quien no te lo ha pedido y soñar por aquellos que se olvidaron de ello, una noche de esas estrelladas, en las que una brilla con especial ilusión, se sienta en un banco y te dice: "Te echaba de menos". Puede que en otro momento sí, en otro instante le hubiera dicho un "y yo también" que suelen decir los cobardes, los que no quieren decir la verdad, pero en ese momento, me armé de valor y le dije un "gracias". Me rodeó con sus manos la cintura, me atrajo hacia él, y me dio un beso en los labios, pequeño, dulce, de despedida, de un "ha sido bonito mientras duró, pero esto, se ha terminado", un beso de esos que se quedan en la memoria para siempre, para recordarlo una y otra vez los días de melancolía.
Sí, así es la vida. Te pasas la mitad del tiempo esperando a que suceda y una vez ha sucedido, te das cuenta de que no era para tanto. Te das cuenta de que al final, las historias sí que tienen un final, los momentos tienen una canción. La nuestra era algo conocida por los dos, era un "ni contigo ni sin ti" y así no se va a ninguna parte.
Al día siguiente nos volvimos a ver. Nadie dijo nada. Yo esperaba con impaciencia que él me dijera que quería otra oportunidad, que me echaba de menos, que me necesitaba. Pero no dijo nada. Aquello fue lo mejor que pudo pasarme, porque descubrí que aunque le quería, ya no era con la misma intensidad.
Por la noche recibí un mensaje suyo, porque no lo que no había sido capaz de decirme a la cara, prefería decirmelo por escrito. Me dijo que yo seguía siendo muy importante en su vida. Podía tener razón. Podría estar engañandome. Podrían ser mil cosas a la vez o no ser ninguna. Entonces, tras mucho pensar, tras ver parpadeante un cursor que me decía que debía decidirme a decirle algo, se lo dije:
"Te quiero. Siempre lo haré. Pero eso no quiere decir que esté enamorada de tí".
Y tras enviar ese mensaje y cerrar el portatil decidí que había que cambiar de rumbo. Él iba a estar ahí, pero ya no de la misma forma. ¿Despedidas? Sí, claro, puede haber muchas. Hasta que llega la definitiva.
27 abril, 2012
El Parchís Sexual....
"De cómo comerse una y contar veinte"
Sin duda, llevo un tiempo pensando por qué tantas personas siguen estando completamente enamoradas de personas que nunca van a darles ni la mínima parte de lo que ellos les han dado, además, a cambio de nada, simplemente porque le quieren.
Dicen que el amor es desinteresado, que no pide nada a cambio, que debe ser paciente. Pero personalmente creo que en todo momento de amor loco, amor desesperado y amor inconsciente cualquier locura tiene una justificación, hasta que llega el punto en el que te das cuenta de que no hay nada que amar pues esa persona no solo no te merece, sino que no busca en absoluto lo que tu andas buscando por la vida.
A mi me pasó algo parecido con alguien, y ahora que lo pienso, con demasiada frecuencia, me enamoré sin más, hasta las últimas consecuencias, saltando contra viento y marea, creyendo que merecería la pena el esfuerzo. Decía "te quiero" sin más, esperando que creyera mis palabras, que consiguiera comprender los sentimientos que mi corazón latía cada vez que estaba a su lado o escuchaba su voz. Pero descubrí que hay personas que tienen miedo a esas letras, a lo que ello significa y se encierran para no caer en las redes. Ni se imaginan lo que están perdiendo por no ser valientes, por no saber decir "y yo también", aunque muchas veces sea la forma más cobarde de demostrarlo.
Con uno de ellos tuve una conversación en la que le pregunté cuál era el motivo por el cuál se había dejado llevar de esa manera, cómo había sido capaz de dejar de quererme de un día para otro, así sin más. Me dijo que siempre me había querido. Yo le miré. Mentía. Querer y amar son dos palabras parecidas pero en absoluto significan lo mismo. Querer lo usamos frecuentemente en pasado, algo que pudo ser y no fue, o que fue mientras duró el café, pero amar, amar se ama toda la vida, incluso después de que haya salido por la puerta y no haya dicho un simple "hasta luego", o cuando te ha dado el último beso, has andado unos cuantos pasos y al volver la cabeza lo sigues teniendo ahí, esperando a que llegues a la puerta de tu casa.
Yo siempre les he dicho a todos ellos que no saben lo que se están perdiendo al no saber amar con todas las letras. ¿Y si te olvidas de cómo hacerlo? Muchos aseguran que tienen miedo, pero en realidad se creen que dejando su corazón al descubierto, les harán daño. Solo así aprendes que todo tiene fecha de caducidad y que hay que disfrutarlo mientras vives.
Por ello, cuando miro un poco al pasado y veo a uno de mis ex que ha empezado una relación otra vez me alegro. Quizás aprendió la lección y se decidió a arriesgar.
Otro de mis ex se ha dedicado a ir confundiendo sexo con amor o amor con sexo, que para el caso es el mismo, y esconde sus verdaderos miedos tras un abrazo ocasional, un beso repentino con sabor a martini seco o un encuentro pasajero en unos baños públicos. Quizás sigue sin saber que con el miedo de la soledad no se llega a ningún sitio.
Y el otro, el más listo de todos, quiso volver a recuperar lo que tenía conmigo, solo que ya era demasiado tarde. Quizás alguna vez aprenda que las palabras son efímeras, que no todo se arregla con ellas, que yo le amé hasta el extremo y que ahora no le quiero.
Muchas veces, son esas personas las que aparentar ser fuertes, los que dicen comerse el mundo, los que hablar de cientos de mujeres a sus espaldas o sobre sus piernas, los que podo conocen del amor y por extensión del sexo. Una muy buena amiga mía me dijo una vez que los grandes amantes son los que han tenido pocas mujeres porque las han satisfecho durante más tiempo. Y tenía razón.
Muchas veces, son esas personas las que aparentar ser fuertes, los que dicen comerse el mundo, los que hablar de cientos de mujeres a sus espaldas o sobre sus piernas, los que podo conocen del amor y por extensión del sexo. Una muy buena amiga mía me dijo una vez que los grandes amantes son los que han tenido pocas mujeres porque las han satisfecho durante más tiempo. Y tenía razón.
Hay mucho jugador suelto y con esto de la crisis (que también ha llegado a lo sentimental) van por ahí diciendo que su lista es interminable, por no hablar de aquellas que están por caer. Pero yo, a todos esos que juegan al parchís sexual, buscando comerse una para llegar a casa satisfecho, a todos esos que alardean de las conquistas terminadas, de sus mujeres irresistibles, a todos y cada uno de ellos les digo ¿Sirvió para algo?
Las cosas son más simples de lo que parecen, solo que hay personas que no saben encontrar el verdadero significado de las palabras. Hay tantos cobardes por el mundo, hay tantos que son tan caprichosos en esto de los sentimientos que abandonan el barco antes de llegar al puerto, por miedo a que el destino no sea tal y como se lo habían imaginado. Y por ello, se dedican a confesar mentiras que no se asemejan en absoluto a lo que su voz interior le dice a gritos: "No eres capaz de admitir que has perdido", aunque siendo sinceros, ¿quién puede perder algo que no ha tenido?
Las cosas son más simples de lo que parecen, solo que hay personas que no saben encontrar el verdadero significado de las palabras. Hay tantos cobardes por el mundo, hay tantos que son tan caprichosos en esto de los sentimientos que abandonan el barco antes de llegar al puerto, por miedo a que el destino no sea tal y como se lo habían imaginado. Y por ello, se dedican a confesar mentiras que no se asemejan en absoluto a lo que su voz interior le dice a gritos: "No eres capaz de admitir que has perdido", aunque siendo sinceros, ¿quién puede perder algo que no ha tenido?
25 abril, 2012
A lot of Love.... On me
ahora que, sin saber, hemos sabido querernos como es debido,
sin querernos todavía.
Y es que con él descubrí que hay amores eternos, que por fortuna o desgracia, duran lo que dura un corto invierno.
Acababa de salir de la ducha y empecé con el ritual de siempre, con ese que consiste en echarse cremas por todo el cuerpo, por el alisador de pelo, la crema antiojeras, la hidratante, el pinta uñas... Y de repente, su llamada irrumpió en mi rutina de sábado. Hacía ya como más de un año que no había vuelto a saber nada de él, tanto que en un primer momento, mientras me hablaba, hacía un pequeño repaso mental para comprobar exactamente que su voz, coincidía con los últimos recuerdos que tenía de él. Me quedé un rato allí en la cama, sentada analizando todo lo que me había dicho, las excusas simuladas, los pretextos tan bien planeados, su voz, su voz...
Me pedía una cita. Una más de tantas de las que habíamos tenido anteriormente, de esas que tanto me gustaban. Siempre iba de corbata, su trabajo en el banco era la excusa perfecta para llevar sus camisas favoritas. Yo le regalé una con el pretexto de que esa misma noche se la quitaría. Todavía recuerdo cuando fui a la tienda y miré una por una la que mejor le fuera a su traje negro, que para mi, era con el que estaba más elegante. Aquella noche me llevó a cenar a ese sitio tan encantador donde la mayoría de la gente comía de pie y toda la comida era casera. Y cuando regresaba a casa me subió a aquel banco justo al lado de la fuente y me dijo que cometiera una locura. "Mi locura eres tú" Le contesté. Aquella noche de invierno helador me dio sus guantes y me dijo que le encantaba mi forma de ser.
Así, sin más, todos aquellos recuerdos tan maravillosos que podía tener en mi mente sobre él, se agolparon de repente. En realidad sólo podía tener de él imágenes entrañables. Nuestra historia no pudo ser porque íbamos muy deprisa, y decidimos ponerle freno antes de golpearnos. Un pretexto más para no asumir que la relación, la que los dos como adultos queríamos, no estábamos dispuestos a asumir más allá de las citas y las salidas.
Acepté su invitación. Volver a vivir otra vez con él ese amor loco y desenfrenado, ese que todos alguna vez en la vida deberíamos tener. Y me puse como le gustaba verme, con esos tacones que le volvían loco, ese pañuelo alrededor del pelo con el que jugaba cada vez que me veía y ese perfume, el que su embriagador aroma decía, le derretía por completo. Quedamos en el mismo lugar donde nos conocimos por primera vez, en la puerta de aquel café que descubrí a su lado y al que me escapo siempre por aquello de recordar los viejos tiempos.
Iba arrebatador. Se había puesto la corbata roja y esa camisa que le regalé. Su aire chulesco y varonil me dejaban a su merced por completo, aunque intentara mantener el tipo. Entramos allí dentro y me pedí lo de siempre. Él su martini seco no lo perdonaba. Empezó a hablarme, a preguntarme por mi vida, mis amores, mi trabajo...
"El verdadero motivo de mi cita es que te echo de menos. Siempre te he echado de menos y no hay día que pase por aquella fuente y vea aquel banco que no me acuerde de tí."
Aquellas palabras, acompañadas de sus manos buscando las mías y agarrandolas con fuerza, seguida de una mirada que hacía que sus ojos no titubearan lo más mínimo me convenció. ¿Y si las verdaderas historias de amor, son aquellas que son imposibles? ¿Y si los amores eternos son aquellos que nunca llegaron a consumarse?
08 abril, 2012
Are You? Is Me?
Si las cosas no marchan, sólo existen dos explicaciones:
o tu perseveracia está siendo probada, o necesitas cambiar de rumbo.
Me había propuesto tirar muchas cosas de mi armario. Tenía por costumbre que por cada cosa nueva que comprara debía tirar al menos dos prendas de ropa de esas que acumulamos y que no nos atrevemos a tirar "por si acaso" por si "alguna vez me lo pongo" o porque le tienes tanto cariño que no sabes cómo podrías sobrevivir sin ella, aunque hiciera siglos que no sabías de su existencia...
El armario por más que me empeñe y por más que intente doblar ese jersey tan mono, no da para más. Algo muy diferente a lo que le suele suceder a mi corazón, que parece que por más golpes que reciba siempre tiene sitio para otro más, para alguien nuevo que venga.
Y de repente me encontré con ese jersey amarillo, en el fondo del armario, en ese lugar donde las cosas se quedan porque otras nuevas van ocupando su lugar. Y me acordé de él. Inevitablemente me transportó a aquel frío día de invierno, en diciembre, cuando habíamos quedado, iba a ser nuestra primera cita. No sabía exactamente qué llevar a una cita, a esa primera cita en la que siempre quieres dar una buena impresión, en la que quieres sorprender sin dejar sobre la mesa todas tus cartas. Y entonces lo vi allí en aquel lugar remoto, un jersey amarillo canario, de punto grueso y con hilos dorados. Quizás no era el mejor ni el más apropiado, pero con el paso de los años sigue intacto, como si no hubieran pasado el tiempo por él, como si siempre estubiera esperando a ser llevado en otra primera cita.
Aquel hombre pasó, lo mismo que muchos otros. Sin embargo, ahí estaba él, intacto, en el fondo de mi armario. Me produjo cierta nostalgia el verlo de nuevo, pero respiré profundamente y lo eché en la bolsa. Iba a donar toda aquella ropa que ya no me ponía, para alguien a quien le hiciera más falta que a mi. Pero, y en cuestiones de amor ¿somos capaces de dejar una relación que no nos lleva a ningún lado? ¿Nos cuesta tanto sacar de nuestro corazón y de nuestra mente a alguien?
Mi experiencia me dice que hay cierta relación entre lo que uno quiere y lo que uno puede hacer. Hay determinadas personas a las que las dejamos entrar con una facilidad espantosa y por eso, nos cuesta tanto sacarlas de ahí. Otras, sin embargo, están ahí, sin que nos demos cuenta, van entrando poco a poco, con una sonrisa, con una invitación a un café, con un mail a media noche, una llamada de teléfono que dura más de lo esperamos. Pero hay otros que nos afanamos, y de qué manera, para que entren en nuestra vida. Y es que el que se va sin ser echado, vuelve sin ser llamado.
No podemos atar a nadie a nuestra vida, no podemos decirles que se queden para siempre. Tampoco podemos esperar que nos quieran por más que se lo digamos o se lo demostremos. Por eso mismo, en ocasiones, aunque sea un día cualquiera de un mes corto, si le preguntas "¿Me echas de menos? ¿Me sigues queriendo?" Y tarda en contestar, o te dice que "un poco" creo que ahí tienes la respuesta. Porque muchas veces, en la misma pregunta, hayas la solución.
No soy yo. No eres tu. Todos esperamos en esta vida enamorarnos, ser correspondidos, encontrar esa felicidades plena que nos han vendido desde pequeños en los libros, en las películas...
A lo largo de todo este tiempo he aprendido algo. Permanecer demasiado tiempo junto a una persona que no te corresponde, o por la que ya no sientes esas mariposas, por la qu no saltas de alegría al ver un sms o estás deseosa de que llegue ese día para verlo... ¿Merece la pena? ¿Merece la pena aferrarse a alguien que no te quiere con la misma intensidad?
Hay que hacer de vez en cuando como hago yo: abrir el armario de par en par, sacarlo todo y pensar si realmente nos hace falta o nos lo vamos a volver a poner. Y una vez has tomado la decisión, alejarlo de tu vida. Solo si dejamos espacio para cosas nuevas, podremos volver a sentir esa magnifica sensación de tocarlo, emocionarnos pensando con quién nos lo vamos a poner, ese olor a nuevo, esa ilusión por no saber dónde ponerlo, quizás en el mejor lugar. Y por qué no, disfrutarlo hasta que ya no quede más remedio... y salir a por otro nuevo... con la misma ilusión de siempre.
25 marzo, 2012
Oye, pero ¿Qué somos nosostros?
¿Necesitamos distancia para acercarnos más?
Hay ciertas cosas en la vida que nos producen tantas preguntas que no sabemos que bien no tienen respuesta o que la misma la tendremos que ir descubriendo poco a poco, conforme vaya pasando el tiempo, aunque obviamente, eso nos desespere tanto que creamos que simplemente las cosas, son así.
Había quedado con él para comprar algunas cosas para su casa nueva. Estaba arreglándola y decía necesitar una mano femenina que le orientara a la hora de decorar y con ese pretexto me invitó a tomar un café y a buscar algo que no sabía muy bien que era pero le hacía falta para darle a su casa un aspecto de "hogar habitable". Me ofrecí voluntaria porque además de tener buen gusto para ello, era la única opción que tenía disponible y eso resultaba tan trise que no podía negarme.
Mientras le iba eligiendo un precioso juego de café, algunos botes que siempre resultan bonitos en cualquier sitio (aunque luego no sepas con exactitud qué meter en ellos) una panera divertida y algunos paños de cocina de diferentes colores llamativos que sin duda resultarían muy cool.
Yo me había imaginado esa escena en muchas ocasiones, a su lado, pero no como una amiga más, sino como lo que antes éramos, como una pareja feliz y enamorada que quería poner al día su casa para luego compartir veladas hasta el amanecer viendo películas, invitar a amigos para hacer algunas fiestas, barbacoas... Pero todo eso parecía haber desaparecido cuando estaba allí eligiendo algo para otra chica que seguramente lo iba a disfrutar a su lado. Y no era que me importara especialmente sino que me preguntaba cómo había sido posible llegar a aquel punto con él en el que no sabía muy bien dónde me encontraba ni qué pintaba yo en medio de todo eso.
Cuando llegamos a su nueva casa que ya la había visto en un par de ocasiones me resultó preciosa. Cada vez que iba la encontraba más acojedora. Incluso esa bonita alfombra de pelo blanco que le compré para el salón estaba ya allí extendida, los cuadros puestos y la mesa reluciente con esos mantelitos individuales japoneses. Me invitó a sentarme mientras él ponía en una habitación vacía todo lo que habíamos comprado para ponerlo luego en el lugar correspondiente. Me trajo una copa y me dio las gracias por acompañarle.
Noté que poco a poco se fue acercando y empezó a besarme. Yo podría haberle dicho que ya eso se había terminado, que ya no había más, que no estabamos juntos de la misma forma que antes, pero me fue imposible así que me dejé llevar. Empezó a quitarme la ropa y me cogió de la mano para que nos fueramos al nuevo dormitorio, el mismo que tantas veces había soñado él lo había hecho realidad, para él, para las otras mujeres a las que invitara, a las que le haría lo mismo que a mi. Pero no quería pensar más, simplemente quería disfrutar de nuevo, de lo bien que empezabamos a llevarnos meses después de haberlo dejando, aunque nunca lo habíamos dejado. Era como si hubiera sido un punto y aparte en lugar de un punto y final, era otra forma diferente de estar juntos, en la que cada uno tenía su vida, vivía a su manera, sin complicaciones, después cada uno a su casa y a continuar con sus rutinas, aunque inevitablemente ya formabamos parte de la rutina del otro, porque seguíamos sintiendo algo, aunque no estabamos seguros de qué. O puede que si supieramos lo que sentíamos pero no estabamos seguros de asumir el riesgo que una relación típica implicaba.
Estabamos completamente desnudos, frente a frente, sus manos recorrían cada poro de mi piel, las mías se aferraban con fuerza a su cuello y no quería soltarlo. Se paró en mis caderas y me atrajo para él como si no hubiese un mañana, hasta que me dio la vuelta y se puso sobre mí, agarrándome las manos para que no pudiera moverme prácticamente, para dejarme a su merced, como tanto le gustaba y como ya había hecho en otras ocasiones. Y su respiración se fue agitando, mi corazón se fue acelerando y cerré los ojos.
No se cómo, pero me vi allí tan cómoda, olvidando tantas cosas que había pensado, que había imaginado... ¿Por qué iba a complicarlo tanto? Ya lo había hablado con un amigo una vez, a lo mejor yo estaba esperando de él lo que nunca iba a darme, lo mismo que yo no iba a darle nada a él que yo no quisiera. ¿No era ese el paraiso de cualquier relación? ¿No se estropea todo después una vez que dejamos entra a alguien en nuestra vida e invade nuestra intimidad?
Le mordí el labio. Se quejó pero le mandé callar. Mis uñas se clavaron en su espalda pero aquello parecía que le gustaba. No había perdido las costumbres, le seguía gustando todo lo que yo le hacía del mismo modo que me encantaba que no parara de moverse, le di un fuerte tirón del pelo y le miré a los ojos. Entonces lo vi claro. Había estado buscando el momento perfecto y nunca lo había encontrado y aquel sin duda sí que lo era.
-Oye, pero ¿Qué somos nosotros?, dime- le dije jadeante.
-No lo se. Yo sigo sintiendo algo por tí-me dijo con la respiración entrecortada.
-Pero eso no es suficiente.-contesté mientras rozaba mi lengua por sus labios.
-Lo se, pero sigo sintiendo algo por tí, necesito verte, hablar contigo, no puedo estar sin saber de ti-continuó sin aliento.
-Dime que me quieres. Dime que me quieres y seré tuya.-le recriminé.
-Es que no se si te quiero.-continuó mientras besaba mi cuello.
-Yo tampoco lo se. Y ¿Por qué nos seguimos engañando?¿Por qué pensamos que hay algo más entre nosotros? ¿Por qué decimos que nos necesitamos?-y le cogí de las manos para impulsarme.
-Porque nos queremos de otra manera diferente a la de como se quieren los demás. No es solo sexo, es mucho más que eso, es el cariño, la necesidad...-estaba a punto de llegar al climax.
-No quiero que me necesites, porque no puedes tenerme.-Dije tajante cuando yo también estaba a punto de llegar al climax.
Y cuando terminamos caimos rendido en la cama. Me tumbé a su lado, me rodeó con sus brazos, nos tapamos con las sábanas nuevas y nos quedamos allí con los ojos cerrados, uno al lado del otro, sin nada más que decir, sin nada más que hablar.
Definitivamente hay cosas que no tendrán explicación. De la misma manera que habrá personas que nunca se darán por satisfechas con un simple NO, ni se conformarán con un simple SÍ. Otras, andamos buscando un "quizás", un "por si acaso", u "tal vez" o un "ya veremos". Y miramos al techo con insistencia esperando que todas nuestras respuestas caigan del cielo sin fijarnos que quizás, las tengamos a nuestro lado y no hemos querido escucharlas porque no eran lo que esperábamos o queríamos escuchar.
11 marzo, 2012
Falsificaciones Sentimentales
Toda persona debe tener la amistad de alguien que siempre le hace reír...
y de alguien que le permita llorar.
Creo que hay pocas cosas en la vida por las que realmente merece la pena preocuparse, de la misma forma que estoy convencida de que hay muchas cosas que están ahí para hacernos felices, para demostrarnos que al final, la balanza se va a inclinar en ese lado y habrá merecido la pena intentarlo.
Por eso mismo, en ocasiones cuando voy por la calle y me cruzo con tantas personas que van con prisa, sin observar lo que sucede a su alrededor, sin pararse en los semáforos a esperar a que se ponga verde y cruzan sin mirar, o cuando salen disparados en busca de ese autobús que les llevará a alguna parte me pregunto si al final, sabrán qué harán una vez que lleguen al otro lado, cuando hayan conseguido llegar a tiempo.
Yo iba paseando tranquilamente por la calle y me paré en un escaparate a ver un magnífico abrigo que estaba rebajado y del que no se cómo empecé a tener una necesidad que nunca antes había sentido. Era como si aquello fuera importante para lograr sobrevivir en mi día a día. Como las relaciones, que por todo lo que te han contado y por lo que crees que en realidad son, sigues a la búsqueda imaginando que ese último será el definitivo. Creo que tenemos una memoria tan relativa en estos casos que no sabemos realmente lo que nos espera. Es una auténtica loteria sentimental.
Cuando entré a la tienda vi esas preciosas perchas y todo tan bien colocado que era como si no quisera salir de allí nunca, con una musica que te invitaba a mirarlos todos detenidamente, a tocar sus texturas, a sentir la madera del suelo cada vez que daba un paso con mis zapatos. Te venden las cosas de una forma que parecen algo que en realidad no son. Es que cuando nos enamoramos o estamos a la espera de hacerlo todos ponen sus mejores caras, su currículum lo adornan de forma que parezca más atractivo si cabe y si hay muchos que cambian ciertas cosas para aparentar algo que no son, los más astutos omiten aspectos poco recomendables, para así no alarmar a sus futuras presas. Todos hacemos lo mismo y todavía no hemos aprendido a reconocerlos. Seguimos callendo porque somos unos masoquistas de primera y porque creemos que esta vez si, será la definitiva y además, ganaremos.
Mientras me daba un pequeño recorrido antes de que una dependienta viniera a acosarme escuché a una de las clientes decirle a al dependienta que no estaba nada convencida del bolso que ni mucho menos tenía aspecto de piel y que no terminaba que gustarle el color. La dependiente adulándole y tratando de conseguir una venta le buscó unos cuantos bolsos más a la espera de que la desesperante señora se llevara uno, pagara y se marchara para siempre. Sin duda era una escena curiosa. Y mientras miraba el precio deshorbitado del abrigo y me quedaba perpleja ¿habría alguien que pagara eso por un simple abrigo? la señora seguía sin decidirse y ante la desesperanza de la dependiente se marchó diciendo que se sentía defraudada. Yo como quien no quería la cosa salí detrás de ella y me perdí entre el gentío urbano.
Las relaciones son muy complicadas y como todo en la vida, cuando no lo tienes crees que lo necesitas y una vez que lo tienes lo disfrutas hasta que te cansas o aparece algo que te gusta más. Lo malo en todo esto es cuando uno de los dos deja de estar a gusto con el otro y en la relación solo queda uno. Entonces el sufrimiento y las lágrimas están asegurada. A diferencia del resto de las cosas no lo puedes guardar, ni ver cuándo sacarlo a pasear, ahí no hay más o sigues adelante o tienes que dejarlo para siempre.
Curiosidades de la vida, la mujer se paró en un puesto deambulante y la vi. Estaba interesada en el mismo bolso que en la tienda no había terminado comprando y aquí, sacó el monedero y tras regatear unos segundos se llevó sonriente su preciado regalo mucho más económico que el original.
¿Estamos dispuestos a llevarnos falsificaciones por la simple satisfacción de tener algo? Nunca había estado de acuerdo con eso en ningún ámbito de mi vida, porque si no me podía permitir un reloj de marca prefería uno normal que diera la hora o no tenerlo, antes de comprarme uno falso porque los demás podrían creer que era el original, pero yo siempre iba a tener que vivir con la mentira de que no lo era.
Hay muchas falsificaciones que nos hacen creer (o pensar a los demás) que tenemos algo que en realidad no tenemos de la misma forma que creo que muchas veces estamos enamorados cuando no lo estamos. O cuando decimos al resto del mundo a viva voz que estamos felices solos y por la noche lloramos pensando que podríamos estar con alguien. O cuando nos engañamos diciendo que no necesitamos a nadie pero no tardamos nada en descolgar el teléfono y llamar a esa persona para poder abrazarla unos instantes y sentir sus palabras.
Lo más complicado de todo esto es cuando queremos convencernos a nosotros de que podemos, tenemos o queremos y al final no hay nada de eso. De la misma forma que hay muchas falsificaciones sentimentales hay muchos falsificadores que se divierten haciendo creer a los demás palabras que ni ellos mismos sienten. Yo siempre les digo lo mismo: cuando den con otro falsificador/a ¿Quién engañará a quién?
Me gusta salir a pasear y hacerme preguntas que antes no me había hecho o no se me habían pasado por la cabeza. Miré mi reloj y vi que ya era casi la hora. Me acerqué a la cafetería y le vi, ya estaba esperándome como de costumbre. Los dos sabíamos lo que había. Y lo que no había también. No poníamos nombres donde no había nada que poner del mismo modo que no decíamos nada que no había que decir. Pero estabamos convencidos de que sentíamos realmente esas ganas de estar juntos. El resto del mundo podía imaginar lo que quisiera, podría creernos o no creernos, pero lo nuestro para bien o para mal, era una relación auténtica, con sus cosas buenas y sus cosas malas. Nosotros no lo llamábamos amor donde había solo sexo. Del mismo modo que donde estaba el amor, lo sentíamos convencidos de que sin darnos cuenta, nos queríamos más de lo que lo hubieramos hecho antes. O puede que las dudas fueran tan grandes que no supieramos qué era lo que teníamos entre manos. ¿No era una auténtica relación? ¿Nos estábamos engañando? Pero ¿qué era lo que queríamos nosotros?
Me gusta salir a pasear y hacerme preguntas que antes no me había hecho o no se me habían pasado por la cabeza. Miré mi reloj y vi que ya era casi la hora. Me acerqué a la cafetería y le vi, ya estaba esperándome como de costumbre. Los dos sabíamos lo que había. Y lo que no había también. No poníamos nombres donde no había nada que poner del mismo modo que no decíamos nada que no había que decir. Pero estabamos convencidos de que sentíamos realmente esas ganas de estar juntos. El resto del mundo podía imaginar lo que quisiera, podría creernos o no creernos, pero lo nuestro para bien o para mal, era una relación auténtica, con sus cosas buenas y sus cosas malas. Nosotros no lo llamábamos amor donde había solo sexo. Del mismo modo que donde estaba el amor, lo sentíamos convencidos de que sin darnos cuenta, nos queríamos más de lo que lo hubieramos hecho antes. O puede que las dudas fueran tan grandes que no supieramos qué era lo que teníamos entre manos. ¿No era una auténtica relación? ¿Nos estábamos engañando? Pero ¿qué era lo que queríamos nosotros?
29 febrero, 2012
De redes y listas
Bastante trabajo me ha costado cometer mis pecados
como para malbaratarlos en arrepentimientos vanos.
En ocasiones me pregunto por qué las relaciones son tan complicadas. En el fondo puede ser porque siempre estamos en ese proceso de adaptación al medio y no logramos estar sin pareja, pero una vez que la tenemos, tampoco sabemos cómo actuar. Va a ser cierto eso de que nunca llueve a gusto de todos.
Y precisamente una tarde lluviosa fue cuando me topé con la realidad que durante tanto tiempo me había estado trastocando. Tiene su lado bueno y su lado menos bueno esto de las nuevas tecnologías, porque si nos damos cuenta, nos mantiene conectados con todo el mundo, a cualquier hora del día, incluso sin querer. Y es que en un abrir y cerrar de ojos nos chocamos con el pasado, nuestro presente y el que pudiera venir en un futuro. Es como un banco de tiempo que nos fuera administrando en forma de unidosis a esas personas que no han desaparecido aunque no hayas vuelto a saber de ellos en mucho tiempo.
Mis ex estaban ahí todos, puestos en fila uno detrás de otro, como si nunca se hubieran ido, como si en un solo click pudiera traerlos cerca de mi y recordar ese episodio que aunque ya está caduco, siempre gusta verlo de nuevo por aquello de los viejos tiempos.
Puedes ver quienes son todavía parte de tu pasado y los que son de su presente. Entonces no sabes muy bien dónde ubicarte. Y comparas, miras, y no encuentras nada mejor que tu, pero sigues sintiendo esa cosilla por dentro que todavía te quema por dentro. ¿Cómo pueden algunas de un plumazo olvidarlos a todos ellos? Yo es que ni queriendo, me gustaría dejarles marchar.
Uno de ellos se hace el sueco conmigo y eso que presume de que le confundan con un latino de toma y rasga (y eso que lo de dar no le salía con mucha frecuencia). Yo intentaba ser simpática con él, pero él ignoraba mis palabras, algo que no debería hacer por educación, pero puede ser que desde que le dejé, no haya superado que perdió la oportunidad. Yo iba ya unos vagones por delante del tren, cuando él sin darse cuenta, se había quedado al final, con el equipaje.
Otro de ellos sigue ahí en lo que se dice un "ni contigo ni sin ti". De acuerdo, es que yo le dejo, pero si hay algo que funciona, ¿por qué dejarlo? Es como ponerse a dieta delante de una gran pastelería llena de deliciosos pastelillos de chocolate. ¿No sería un sacrilegio? ¿No sería ser la masoquista de las masoquistas? Puede que si. Soy la reina del drama y él, el rey del expectáculo...
Y otro de ellos, el más particular sin duda, el que me trata como una reina, me dice que me adora, que sin mi no puede vivir, pero no me lo demuestra de la forma que yo quisiera. Parece como si los hombres hubieran aprendido que nos conquistan con el mismo manual, aunque algunas hemos aprendido que eso no es plan, que si, necesitamos notas de amor que nos recuerden que el romanticismo existe, pero tampoco olvidemos que no queremos príncipes que solo nos paseen en su carroza, también queremos hombres que nos ayuden a hacer la cama y no solo a deshacerla.
Las redes sociales nos enredan de una forma que apenas nos damos cuenta. Queremos actualizar estados para demostrar a todos los ex que vivimos muy bien sin ellos. Pasamos de estar "solteros" a "con una relación" en poco tiempo. Y eso, nos confunde. Como me pasó a mi. Uno de esos ex de mi lista no había actualizado si mantenían una relación o no y cuando lo hizo, me quedé parada. ¿Entonces, dónde me coloco yo?
La explicación puede no ser simple porque no tiene explicación. Si estás de tonteo con un hombre que les dice a todos que está teniendo algo contigo pero en realidad no lo tenéis, si habla de que estáis "ahí, ahí", ¿Dónde estás tu en medio de todo ese caos cibernetico? Va a ser cierto esto de que se están perdiendo las formas con tanto modernismo.
Y si simplemente tengo amantes ocasionales (o uno solo, que está siempre disponible) deberíamos asumir nuestro nuevo papel. Yo no espero más de la otra persona. Pero si empieza a confundirme términos, si empieza a sentirse celoso porque hay más posibles ex o futuros amantes que puedan añadirse a al lista, si no quiere que quede a cenar con un buen amigo o si solo me quiere para él, ¿Por qué no tiene el valor de decirlo? ¿Por qué no tiene el valor de asumir que todavía hay algo? ¿Es que no lo hay? ¿Es que tras la pantalla las cosas no llegan de la misma forma?
Si te tengo que decir que te quiero, simplemente quiero que te llegue de la misma forma que lo estoy sintiendo. Y si te tengo que decir que se terminó, que ya no hay más, espero que lo asumas de la misma forma que yo lo acepto. Y si hay que dar otra oportunidad, que no seamos tan tozudos y seamos capaces de dar el primer paso, en lugar de tener miedo.
No. Me niego. No es lo mismo. Una tarde lluviosa como hoy, simplemente quiero descolgar el teléfono, preguntarle si se acordó de mi anoche, decirle que tengo ganas de verle, que venga, que se siente en mi sofá rojo conmigo, que escuchemos nuestra canción favorita tapados con la manta azul, que miremos por la ventana cómo llueve, que me coma a besos, que me devore a mordiscos, que me llene de pasión, que me mire y me derrita. Que sus manos rodeen mi cintura, que su lengua no pare, que su voz grite mi nombre, que sus músculos bailen al compás de los míos y que sin necesidad de nada más, pasen las horas.
Los ex pasados, los amores presentes y las relaciones futuras. Todos se encuentran ahí, en una lista. Todos están ahí para echarles un vistazo cuando necesitamos respirar profundamente y echar de menos. O cuando nos damos cuenta de que en realidad, solo es una tarde, cuando dos agendas coinciden, cuando dos cuerpos tiemblan, cuando dos personas que no tienen el valor de decirlo, se engañan a ellos y al resto del mundo diciendo que sienten algo que en realidad no sienten. O dicen que no sienten nada cuando en realidad, algo sienten.
14 febrero, 2012
Strangers in the night
De ti depende, y de mí,
que entre los dos siga siendo ayer noche,
hoy por la mañana...
Pasear por la ciudad sobre unos altos tacones siempre da un aporte extra de autoestima. Algo que se puede mejorar y mucho si además, visitas unas de las tiendas favoritas que suponen una parada obligatoria para despejarte de las rutinas y problemas varios.
Me compré un par de vestidos de esos elegantes para acudir a una cena con unos amigos. Siempre tengo la costumbre de estrenar algo cuando esa cita supone algo importante para mi. La verdad es que siempre hay días importantes que suelen pasar desapercibidos y días que esperas con mucha ilusión que incluso llegan a decepcionarte. Por eso hice propósito de enmienda y acepté desde un principio que no hay que distinguir entre unos u otros días, simplemente pensar que todos tienen algo que ofrecerte.
Eso mismo he pensado acerca de los hombres que sin ir muy lejos, siempre me sorprenden de alguna manera, bien porque me dejan con la boca abierta, bien porque me dejan con los ojos cerrados, incrédula de que digan que son algo y luego no sean capaces de demostrarlo.
Mi pasión se ha convertido en algo cotidiano y por eso, me gusta respirar ese "no se qué" que pulula entre el ambiente cuando la gente se deja seducir por escaparates, colores, formas y texturas. Como la vida misma, nos ponemos diferentes disfraces para aparentar algo que no somos. Y otros se jactan de ser algo que luego a la hora de la verdad, no cumplen.
Es algo así como los domadores de leones. He descubierto que hay hombres que creen que pueden enfrentarse a esos gigantescos animales porque sus experiencias, su vida o su reputación no les permite andar en otra dirección. Pero cuando el león se transforma y toma forma de leona sobre altos tacones o le presiona por altas expectativas, no le queda más que salir corriendo, disculparse porque su horario no le permite más que un escueto café y decirle eso de "ya nos veremos".
Afortunadamente a día de hoy (y crucemos las piernas) no me ha pasado nada parecido, pero si se de una chica que padeció esa ironía de la vida. Porque por un día que se había propuesto el mundo por montera, no pudo más que montarse en su coche y volver a su casa resignada porque había comprendido una de las teorías que yo tantas veces le había comentado mientras tomábamos café: "Hombre prometedor, poco cumplidor" Y como otra amiga mía dice (y eso que ella tiene mucha experiencia en eso) es que la mayoría de los hombres que son guapos o tienen algo que ofrecer, no tienen necesidad de ser galantes, ni de apuntar buenas maneras, ni siquiera de esforzarse a la hora de que puedas disfrutar una tarde en su compañía.
¡¡Consiguen a la que quieren sin más!!
Había decidido darle otra oportunidad a aquel chico. Habíamos quedado para cenar y dar un pequeño paseo por el centro, para poder contarnos nuestras cosas, charlar un rato y conocernos un poco más. Y aquel día estaba dispuesta a estrenar uno de mis nuevos vestidos. No esperaba gran cosa de aquella velada pero al menos quería disfrutarla bien vestida.
Mientras me hablaba, mentalmente me culpaba a mí misma de mis altas expectativas con respecto a los hombres. Pensaba que la mayor culpa de todo lo que nos pasa lo tienen las películas y San Valentín y todas esas fechas consumistas que te avocan a una depresión, al igual que las redes sociales que son el escaparate de magníficas relaciones de amor, de parejas que proclaman sus relaciones de cuento por doquier, documentándonos con fotos que atestigüen sus románticas vacaciones. ¿Es que es la única forma de creernos que estamos enamorados? ¿Tenemos que venderlo para sentirnos más felices?
Lo cierto es que cada vez me dan la razón, porque todos buscamos pero encontramos a la mitad y eso es porque andamos a ciegas o bien nos cegamos ante lo que tenemos delante.
Cuando terminamos la cena me llevó de regreso a casa. Íbamos paseando y empezó a nevar. Aquello me recordó a la primera vez que salimos aquel novio que tuve tan testarudo y yo, nuestra primera cita donde llevaba un jersey amarillo y unos vaqueros. Por eso me resulta tan importante la ropa, porque ayuda a recordar pequeños detalles. Nos compramos un paraguas para taparnos, color verde y que todavía guardo en el armario. Y nos fuimos a tomarnos un chocolate con churros mientras veíamos caer los copos y nos mirábamos sonriendo. Y esos besos por doquier, como si el resto del mundo se hubiera detenido. Cuántos recuerdos...
El hombre que llevaba a mi lado y yo nos detuvimos frente la plaza donde un gran toldo tapaba ese escaparate de juguetes. Me cogió de nuevo de la mano y me volvió a besar. Los segundos besos son diferentes a los primeros, porque a diferencia de estos, que te dejan con la incertidumbre, los que llegan por segunda vez, te dejan disfrutarlos más, sabrás si te crearán adicción, si estarás deseando que llegue el tercero, el cuarto, el quinto...
Dos desconocidos besándose bajo un toldo el día del amor, sin regalos, sin un "te quiero", sin un corazón. Quizás todo debería ser más fácil. Quizás así todo es más simple, cuando vives las cosas con entusiasmo. No como la realidad, que ese día es un compromiso que mide cuánto puedes querer a alguien según el precio y no el valor que le das. O la forma de darte cuenta de lo que tienes o no tienes. O de lo que tenías y ya no quieres. Es que en las películas te ponen "The End" cuando todo va maravilloso, para dejarte con un buen sabor de boca.
En la vida real hay muchos matices, y por desgracia, las cosas terminan cuando menos te lo esperas. O empiezan casi sin que te des cuenta.
Me compré un par de vestidos de esos elegantes para acudir a una cena con unos amigos. Siempre tengo la costumbre de estrenar algo cuando esa cita supone algo importante para mi. La verdad es que siempre hay días importantes que suelen pasar desapercibidos y días que esperas con mucha ilusión que incluso llegan a decepcionarte. Por eso hice propósito de enmienda y acepté desde un principio que no hay que distinguir entre unos u otros días, simplemente pensar que todos tienen algo que ofrecerte.
Eso mismo he pensado acerca de los hombres que sin ir muy lejos, siempre me sorprenden de alguna manera, bien porque me dejan con la boca abierta, bien porque me dejan con los ojos cerrados, incrédula de que digan que son algo y luego no sean capaces de demostrarlo.
Mi pasión se ha convertido en algo cotidiano y por eso, me gusta respirar ese "no se qué" que pulula entre el ambiente cuando la gente se deja seducir por escaparates, colores, formas y texturas. Como la vida misma, nos ponemos diferentes disfraces para aparentar algo que no somos. Y otros se jactan de ser algo que luego a la hora de la verdad, no cumplen.
Es algo así como los domadores de leones. He descubierto que hay hombres que creen que pueden enfrentarse a esos gigantescos animales porque sus experiencias, su vida o su reputación no les permite andar en otra dirección. Pero cuando el león se transforma y toma forma de leona sobre altos tacones o le presiona por altas expectativas, no le queda más que salir corriendo, disculparse porque su horario no le permite más que un escueto café y decirle eso de "ya nos veremos".
Afortunadamente a día de hoy (y crucemos las piernas) no me ha pasado nada parecido, pero si se de una chica que padeció esa ironía de la vida. Porque por un día que se había propuesto el mundo por montera, no pudo más que montarse en su coche y volver a su casa resignada porque había comprendido una de las teorías que yo tantas veces le había comentado mientras tomábamos café: "Hombre prometedor, poco cumplidor" Y como otra amiga mía dice (y eso que ella tiene mucha experiencia en eso) es que la mayoría de los hombres que son guapos o tienen algo que ofrecer, no tienen necesidad de ser galantes, ni de apuntar buenas maneras, ni siquiera de esforzarse a la hora de que puedas disfrutar una tarde en su compañía.
¡¡Consiguen a la que quieren sin más!!
Había decidido darle otra oportunidad a aquel chico. Habíamos quedado para cenar y dar un pequeño paseo por el centro, para poder contarnos nuestras cosas, charlar un rato y conocernos un poco más. Y aquel día estaba dispuesta a estrenar uno de mis nuevos vestidos. No esperaba gran cosa de aquella velada pero al menos quería disfrutarla bien vestida.
Mientras me hablaba, mentalmente me culpaba a mí misma de mis altas expectativas con respecto a los hombres. Pensaba que la mayor culpa de todo lo que nos pasa lo tienen las películas y San Valentín y todas esas fechas consumistas que te avocan a una depresión, al igual que las redes sociales que son el escaparate de magníficas relaciones de amor, de parejas que proclaman sus relaciones de cuento por doquier, documentándonos con fotos que atestigüen sus románticas vacaciones. ¿Es que es la única forma de creernos que estamos enamorados? ¿Tenemos que venderlo para sentirnos más felices?
Lo cierto es que cada vez me dan la razón, porque todos buscamos pero encontramos a la mitad y eso es porque andamos a ciegas o bien nos cegamos ante lo que tenemos delante.
Cuando terminamos la cena me llevó de regreso a casa. Íbamos paseando y empezó a nevar. Aquello me recordó a la primera vez que salimos aquel novio que tuve tan testarudo y yo, nuestra primera cita donde llevaba un jersey amarillo y unos vaqueros. Por eso me resulta tan importante la ropa, porque ayuda a recordar pequeños detalles. Nos compramos un paraguas para taparnos, color verde y que todavía guardo en el armario. Y nos fuimos a tomarnos un chocolate con churros mientras veíamos caer los copos y nos mirábamos sonriendo. Y esos besos por doquier, como si el resto del mundo se hubiera detenido. Cuántos recuerdos...
El hombre que llevaba a mi lado y yo nos detuvimos frente la plaza donde un gran toldo tapaba ese escaparate de juguetes. Me cogió de nuevo de la mano y me volvió a besar. Los segundos besos son diferentes a los primeros, porque a diferencia de estos, que te dejan con la incertidumbre, los que llegan por segunda vez, te dejan disfrutarlos más, sabrás si te crearán adicción, si estarás deseando que llegue el tercero, el cuarto, el quinto...
Dos desconocidos besándose bajo un toldo el día del amor, sin regalos, sin un "te quiero", sin un corazón. Quizás todo debería ser más fácil. Quizás así todo es más simple, cuando vives las cosas con entusiasmo. No como la realidad, que ese día es un compromiso que mide cuánto puedes querer a alguien según el precio y no el valor que le das. O la forma de darte cuenta de lo que tienes o no tienes. O de lo que tenías y ya no quieres. Es que en las películas te ponen "The End" cuando todo va maravilloso, para dejarte con un buen sabor de boca.
En la vida real hay muchos matices, y por desgracia, las cosas terminan cuando menos te lo esperas. O empiezan casi sin que te des cuenta.
29 enero, 2012
Nombres Impropios
Quien tiene siete vidas
y dos ojos de gata callejera
no se va con cualquiera.
De su noche se espera
un broche de promesas incumplidas.
El tiempo me aterra. Pasa tan deprisa que en ocasiones creo que puedo correr para que no me alcance. Pero otras, me quedo inmóvil esperando que pase de largo y no me vea. Pero ¿a quién voy a mentir? Tarde o temprano me alcanzará y terminará por llevarme donde él quiera.
Había ido a recoger unas fotografías del viaje del fin de semana a un pequeño pueblo perdido del mundo, donde habíamos visto unas cuantas puestas de sol entre montañas, de esas que en la ciudad no logras contemplar. Nos habíamos ido unas cuantas amigas con un pretexto cualquiera, aunque en el fondo era el de poder olvidar un poco la rutina y que una de ellas consiguiera olvidar por unos momentos a un hombre que tras decirle que le quería, la había dejado por una más joven que ella así sin avisar y llevándose todas sus cosas.
Todas le repetíamos que eso era algo que debía dejarlo pasar. En el fondo solo te salen palabras que aunque ni tu misma te las crees, pueden aliviar en algo el dolor, si es que se puede.
Ya me había pasado a mi tantas veces que tenía algo de experiencia en el tema. Y es que las personas no se olvidan, simplemente, se aprende a vivir sin ellas aunque eso requiere mucho tiempo.
¿Por qué ese miedo cuando de repente algo trastoca nuestras vidas? ¿Por qué nos cuesta desprendernos en cierto modo de esa otra persona? ¿En el fondo no sabemos que ya está terminado pero queremos huir de la realidad y nos aferramos a esa sensación?
Yo hacía solo cuestión de días que había conocido a un chico muy simpático con el que me reía de cosas tan poco trascendentales como si me gustaba más el cola-cao con grumos o sin ellos. Obviamente me gusta que no los tenga, pero aquella tontería hizo que riera y olvidara por un tiempo la cantidad de cosas que tenía acumuladas en mi cabeza. Hacía mucho tiempo que no lo hacía de esa forma. A raíz de aquella conversación me di cuenta de que era agradable esta con él, pero me di cuenta de que por más que queremos, muchas veces no nos podemos enamorar porque no ha surgido esa especie de "chispa" de "mariposas en el estomago" o como quieras llamarlo. Es que por más que lo piensas, es una sensación tan extraña que no logras entenderla. Es una sensación parecida a ese desconcierto que te queda cuando dejas una relación. En el fondo, es algo tan paradójico como que cuando naces lloras y los demás sonríen. O cuando mueres, que todos lloran y tu ni te enteras.
Iba a casa de camino al autobús y miré el reloj. Habíamos quedado para hablar y tomar algo en una cafetería que me encantaba, en esas que el café se sirve en vasos de plástico, la decoración es minimalista y todo el mundo lleva su pc para no desconectarse ni un segundo de lo que pasa a su alrededor, aunque si, estamos más aislados de lo que imaginamos.
Al llegar él estaba esperándome. Al verme hizo un gesto como que me había retrasado. Intenté disculparme, pero sabía que era una broma, me abrió la puerta y me invitó a que me deleitara entre los cientos de opciones dulces que tenía delante de mis ojos, para tentación de mi boca. Ojalá todo fuera mucho más fácil, como ir y elegir aquello que te gusta y sentarte a disfrutarlo. Por desgracia, la vida no nos deja esas oportunidades a menos que las busquemos.
Empezó a contarme la poca suerte que había tenido con las chicas. Aunque tenía todo aquello que podía desear, le costaba encontrar a una mujer, solo una que le hiciera feliz tal y como él esperaba. Y es que solemos depositar esa esperanza en otro en lugar de creernos un poco eso de que podemos conseguirlo.
Yo le comenté que siempre estaba en ámbar a la espera de a ver qué color era el que decidía finalmente elegir. Hablamos de que muchas veces confundimos sentimientos, porque vemos cosas donde no hay, porque esas interferencias en la comunicación nos hace pensarnos que pasa algo, aunque no sepamos identificar qué es en realidad.
De repente me cogió la mano. Le miré. Pudo suceder que malinterpretó mis palabras. Pero no le solté la mano. Entonces lo vi en sus ojos, se estaba enamorando de mi, pero yo no estaba ni por asomo enamorada de él. Simplemente lo veía como un amigo. Pero no se lo dije.
Salimos de allí y yo iba pensando en cómo decirle que yo no era esa chica que él andaba buscando, era un tipo encantador, eso sin duda, pero no estábamos en la misma posición.
Cuando llegamos a casa me cogió de la cintura, yo miré para otro lado, y acercó tímidamente sus labios a los mios. No pude despegarme de él. Cerré los ojos y pensé en el último amor que todavía seguía escondido por algunos rinconcitos de mi mente. ¿Sería eso? ¿Sería que todavía no estaba preparada?
Me dijo que me llamaría. Pero cuando cerré la puerta deseé con todas mis ganas que no lo hiciera.
Me tumbé en mi cama, me puse algo de música y dejé un poco a mi mente que trabajara. ¿Me iban los hombres que me habían hecho daño? ¿Era yo una masoquista emocional? ¿En el fondo no estaba preparada para una relación?
¿Por qué en todas esas ocasiones que había tenido de iniciar una relación, de empezar de cero, me había costado tanto y siempre daba unos pasos hacia atrás?
A la mañana siguiente, pasé por casi todos los sitios donde me recordaban a algún hombre que había significado algo en mi vida (y es que hice la lista y habían sido unos cuantos). Pasé por la misma calle por donde nos vimos de casualidad. Recorrí el parque donde me besó por primera vez. Sonreí al ver el candado ante el que nos prometimos amor eterno. Miraba la ventada donde vivía. Eché la vista al cielo a la terraza de aquel hotel. Entré a aquella cafetería donde nos tomamos el chocolate caliente. Paseé por el parque donde aquella noche me miró a la luz de la luna. Entré al centro comercial donde vimos aquella película y nos reímos como adolescentes....
Tantos lugares como hombres. Y esas letras, esos nombres que ahí están, latiendo de forma impetuosa, para que no los olvide nunca, para que siempre eche la vista atrás. Para que al pasar por cualquier parte de la ciudad, no quiera irme de aquí, porque significaría desprenderme de ellos.
Empezó a llover. No tenía paraguas. Iba dando saltitos por la acerca. Quizás, es que últimamente llevo unos años en los que voy por la vida de puntillas y no me atrevo a poner el pie entero en el suelo. Puede que simplemente haya limitado mis opciones pensando que así sería mejor. Puede que cuando suene el teléfono la próxima vez y sea él, le invite a pasar. Deberíamos de dejarles pasar a nuestra vida, darnos la oportunidad de que nos encuentren.
No era yo que la que estaba siempre en ámbar. Es que estaba esperando a que el semáforo cambiara de color sin haber tenido la precaución de moverme un poco a ver qué me esperaba si cruzaba.
Todas le repetíamos que eso era algo que debía dejarlo pasar. En el fondo solo te salen palabras que aunque ni tu misma te las crees, pueden aliviar en algo el dolor, si es que se puede.
Ya me había pasado a mi tantas veces que tenía algo de experiencia en el tema. Y es que las personas no se olvidan, simplemente, se aprende a vivir sin ellas aunque eso requiere mucho tiempo.
¿Por qué ese miedo cuando de repente algo trastoca nuestras vidas? ¿Por qué nos cuesta desprendernos en cierto modo de esa otra persona? ¿En el fondo no sabemos que ya está terminado pero queremos huir de la realidad y nos aferramos a esa sensación?
Yo hacía solo cuestión de días que había conocido a un chico muy simpático con el que me reía de cosas tan poco trascendentales como si me gustaba más el cola-cao con grumos o sin ellos. Obviamente me gusta que no los tenga, pero aquella tontería hizo que riera y olvidara por un tiempo la cantidad de cosas que tenía acumuladas en mi cabeza. Hacía mucho tiempo que no lo hacía de esa forma. A raíz de aquella conversación me di cuenta de que era agradable esta con él, pero me di cuenta de que por más que queremos, muchas veces no nos podemos enamorar porque no ha surgido esa especie de "chispa" de "mariposas en el estomago" o como quieras llamarlo. Es que por más que lo piensas, es una sensación tan extraña que no logras entenderla. Es una sensación parecida a ese desconcierto que te queda cuando dejas una relación. En el fondo, es algo tan paradójico como que cuando naces lloras y los demás sonríen. O cuando mueres, que todos lloran y tu ni te enteras.
Iba a casa de camino al autobús y miré el reloj. Habíamos quedado para hablar y tomar algo en una cafetería que me encantaba, en esas que el café se sirve en vasos de plástico, la decoración es minimalista y todo el mundo lleva su pc para no desconectarse ni un segundo de lo que pasa a su alrededor, aunque si, estamos más aislados de lo que imaginamos.
Al llegar él estaba esperándome. Al verme hizo un gesto como que me había retrasado. Intenté disculparme, pero sabía que era una broma, me abrió la puerta y me invitó a que me deleitara entre los cientos de opciones dulces que tenía delante de mis ojos, para tentación de mi boca. Ojalá todo fuera mucho más fácil, como ir y elegir aquello que te gusta y sentarte a disfrutarlo. Por desgracia, la vida no nos deja esas oportunidades a menos que las busquemos.
Empezó a contarme la poca suerte que había tenido con las chicas. Aunque tenía todo aquello que podía desear, le costaba encontrar a una mujer, solo una que le hiciera feliz tal y como él esperaba. Y es que solemos depositar esa esperanza en otro en lugar de creernos un poco eso de que podemos conseguirlo.
Yo le comenté que siempre estaba en ámbar a la espera de a ver qué color era el que decidía finalmente elegir. Hablamos de que muchas veces confundimos sentimientos, porque vemos cosas donde no hay, porque esas interferencias en la comunicación nos hace pensarnos que pasa algo, aunque no sepamos identificar qué es en realidad.
De repente me cogió la mano. Le miré. Pudo suceder que malinterpretó mis palabras. Pero no le solté la mano. Entonces lo vi en sus ojos, se estaba enamorando de mi, pero yo no estaba ni por asomo enamorada de él. Simplemente lo veía como un amigo. Pero no se lo dije.
Salimos de allí y yo iba pensando en cómo decirle que yo no era esa chica que él andaba buscando, era un tipo encantador, eso sin duda, pero no estábamos en la misma posición.
Cuando llegamos a casa me cogió de la cintura, yo miré para otro lado, y acercó tímidamente sus labios a los mios. No pude despegarme de él. Cerré los ojos y pensé en el último amor que todavía seguía escondido por algunos rinconcitos de mi mente. ¿Sería eso? ¿Sería que todavía no estaba preparada?
Me dijo que me llamaría. Pero cuando cerré la puerta deseé con todas mis ganas que no lo hiciera.
Me tumbé en mi cama, me puse algo de música y dejé un poco a mi mente que trabajara. ¿Me iban los hombres que me habían hecho daño? ¿Era yo una masoquista emocional? ¿En el fondo no estaba preparada para una relación?
¿Por qué en todas esas ocasiones que había tenido de iniciar una relación, de empezar de cero, me había costado tanto y siempre daba unos pasos hacia atrás?
A la mañana siguiente, pasé por casi todos los sitios donde me recordaban a algún hombre que había significado algo en mi vida (y es que hice la lista y habían sido unos cuantos). Pasé por la misma calle por donde nos vimos de casualidad. Recorrí el parque donde me besó por primera vez. Sonreí al ver el candado ante el que nos prometimos amor eterno. Miraba la ventada donde vivía. Eché la vista al cielo a la terraza de aquel hotel. Entré a aquella cafetería donde nos tomamos el chocolate caliente. Paseé por el parque donde aquella noche me miró a la luz de la luna. Entré al centro comercial donde vimos aquella película y nos reímos como adolescentes....
Tantos lugares como hombres. Y esas letras, esos nombres que ahí están, latiendo de forma impetuosa, para que no los olvide nunca, para que siempre eche la vista atrás. Para que al pasar por cualquier parte de la ciudad, no quiera irme de aquí, porque significaría desprenderme de ellos.
Empezó a llover. No tenía paraguas. Iba dando saltitos por la acerca. Quizás, es que últimamente llevo unos años en los que voy por la vida de puntillas y no me atrevo a poner el pie entero en el suelo. Puede que simplemente haya limitado mis opciones pensando que así sería mejor. Puede que cuando suene el teléfono la próxima vez y sea él, le invite a pasar. Deberíamos de dejarles pasar a nuestra vida, darnos la oportunidad de que nos encuentren.
No era yo que la que estaba siempre en ámbar. Es que estaba esperando a que el semáforo cambiara de color sin haber tenido la precaución de moverme un poco a ver qué me esperaba si cruzaba.
12 enero, 2012
"Por sus tacones la reconocereis"
¿Qué más da si te quiso o no? Si se fue es porque ya no te quiere.
A partir de ahora, otro ex para la lista.
A estas alturas de la vida, parece que ya nada puede sorprenderme. Muchas veces solo me queda la resignación de entender en la medida que me dejan hacerlo el por qué hay determinadas cosas que por más que quieras o desees no salen tal y como te imaginabas.
Nunca se me ha dado bien planificar nada. Tenía miedo de que al final, eso que con tanto entusiasmo e ilusión había estado pensando desapareciera por arte de magia y me quedara tal y como estoy ahora, tapada con mi bata rosa, sentada en mi sofá rojo, mirando un cielo gris, recordando tardes negras, viendo cómo las hojas en múltiples tonos marrones y anaranjados iban cubriendo la ciudad por completo, dejando desnudos a los árboles que tiemblan de frío.
Solo me quedaba la opción de abrir un libro y pararme a leerlo un rato, imaginando que esas fabulosas vidas que siempre terminan bien, donde las princesas son rescatadas por esos guapos príncipes que les prometen amor eterno, donde los malos siempre terminan mal y los buenos siempre vencen, donde siempre se encuentran las palabras adecuadas en el momento oportuno, donde vienen a rescatarte justo un segundo antes de que caigas en el abismo. Esa vida tan planificada que en ocasiones te hubiera gustado tener, pero por desgracia no es así. Y mientras leía uno de esos que te invitan a soñar, que te hacen olvidarte por unos instantes que tu vida no va por donde te gustaría que fuera, recibes una llamada de teléfono que te hace regresar a ese sofá rojo, con esa bata rosa y con un cielo gris que llueve gotas llenas de recuerdos.
Hacía tiempo que no había vuelto a escuchar su voz. Ya casi me parecía imposible volver a saber de él. Y me dice que está en la ciudad, que ha regresado solo unos días, pero que le apetece verme. Y está a solo diez minutos de la puerta de casa. Sabes que te gustaría ponerte el mejor de los trajes que tienes en el armario, que te encantaría soltar tu pelo al viento y marcar un poco tus sonrosadas mejillas, echarte el perfume con el que te despediste de él la última vez. Pero no quieres volver a engañarte. No quieres volver al punto de partida de un juego que ya terminó hace mucho tiempo.
Arreglas un poco las cuatro cosas que tienes por medio, enciendes unas cuantas velas para ponerlas sobre la mesa y te miras en el espejo. En ocasiones no te reconoces, muchas veces te gustaría que eso que te dices es lo que realmente sientes, pero no es verdad. Te encantaría que lo que sientes no tuviera nada que ver con lo que quieres creer, pero dudas. Y te sonríes diciendo que puede que esto sea una buena idea. Y te miras de nuevo y sabes que no, pero te da lo mismo, ya no hay nada y donde no hay nada, no hay nada que perder, pero tampoco nada que ganar.
Los errores nos hacen ser lo que somos ahora. Y yo ahora soy una duda existencial que promete mucho, que olvida más de lo que quisiera y que espera desesperando a todos los que se me acercan. Y el tiempo pasa. Pero diez minutos son relativos en comparación con toda una vida.
Llaman al timbre. Es él. Abro la puerta y no se si mirarle directamente a los ojos o a las manos. Me da un tierno beso en la mejilla que me hace recordar otra vez tantas tardes, tantas mañanas, tantos días. Creo que me tiemblan las piernas. Solo puedo cerrar los ojos y quedarme allí impasible, porque en el fondo, no soy yo, es él quien me transforma y hace conmigo lo que quiere pero ¿por qué? Si ha pasado tanto tiempo, si yo debería haber vuelto a rehacer mi vida, lo mismo que él la he vuelto a hacer a su antojo.
Le invité a que pasara. Se sentó. Le miré y me puse a pensar en las razones por las cuales había decidido dejarle ir. Ese hombre, el mismo que estaba allí sentado explicándome sus razones por las cuales había decidido venir a verme. Lo cierto es que no le estaba escuchando. Lo único que sabía era que él estaba ocupando más parte de mi presente siendo ya mi pasado. Me senté a su lado, le dije que yo estaba intentando poner un poco de orden en todo mi caos, que aunque le seguía queriendo y echando de menos, lo mejor era eso, que cada uno siguiera por su sitio, aunque inevitablemente, no podía dejar de pensar en él muchas noches, esas de lluvia que tanto me gustaban, esas que ya sin él, no eran lo mismo.
Se acercó a mi cuello más de lo que hubiera deseado y me besó. Me cogió de la mano y me miró fijamente a los ojos. Puso sus labios sobre los mios y me dejé llevar de nuevo. ¿Y si nos despedimos por última vez? Lo malo era que siempre que nos veíamos era la última vez y por desgracia, eso empezaba a ser más frecuente incluso tras haber pasado tanto tiempo. Parecía que solo se acordaba de mí cuando algún viaje le traía por aquí.
Al día siguiente me desperté con la extraña sensación de no saber en realidad si en algún momento él me había querido de la misma forma que yo le quería. ¿Me estaba queriendo él de la misma forma que yo lo hacía? ¿Sería capaz de enamorarme de nuevo? Por eso salí a la calle decidida a hacer algo que debí hacer en su tiempo y que por miedo no se muy bien a qué no hice. Me puse unos tacones nuevos y un abrigo blanco al que le tenía un especial cariño. Ese día el cielo no estaba tan gris y la gente parecía estar feliz.
De repente, empezó a llover. Empecé a mirar por el bolso a ver si por casualidad llevaba un paraguas pero no. Así que me refugié en una cafetería y tras pedirme un chocolate caliente saqué el móvil y le mandé un sms.
"Hoy está lloviendo. Te acordarás de mi siempre que llueva? Besos"
Y su respuesta no se hizo esperar:
"Parece mentira, pero incluso con tacones nuevos puedo encontrarte. Besos".
Y sonreí. No me había contestado a mi pregunta. Miré a un lado y a otro por si le encontraba por aquellas mesas. Miré a través de los cristales.
Sin duda, debería empezar a ver la lluvia desde otra perspectiva. Ya no era lo mismo sin él y sin todas esas letras, con las que había compartido esas tardes de lluvia, mientras hacíamos el amor y escuchábamos el agua caer por el patio, mientras me fumaba un cigarrillo y él me agarraba con fuerza por detrás, o mientras...
La protagonista principal siempre había sido yo. Y la lluvia. Aunque todos esos hombres ya no volverían a estar por ahí, o estarían de forma intermitente. Puede que en el fondo, todos pudieran encontrarme de una u otra forma porque yo, no me había perdido. Puede que haya estado durante un tiempo haciendome demasiadas preguntas y ahora que he aprendido que hay muchas cosas que no tienen respuesta, esté preparada para salir ahí fuera y mostrarme tal y como soy.
Porque si no eres capaz de dejar todo aquello que está ya viejo, no puedas dejar entrar a algo nuevo.
05 enero, 2012
Antepasados
Cuando miras a una persona, cuando la miras de verdad puedes ver el 50% de lo que es.
Querer descubrir el resto es lo que estropea las cosas.
En ciertos días, aunque sea un miércoles, o un sábado, una tarde o un amanecer, un día lluvioso o uno que te quema, ya sea un día en el que sientas que no necesitas nada o que quizás, necesitas de todos, recuerdas qué te hubiera gustado hacer, qué te hubiera apasionado decir o qué es lo que todavía sientes en tu interior, pero por miedo, falta de ocasión o dejadez, no hiciste.
Los amores, esas relaciones que ya no son, lo que pudieron ser, esos hombres que entraron en tu vida porque les dejaste pasar, porque en el fondo, pensaste que había una parte de ti que debía ser cubierta por alguien, porque pensaste que la soledad no era la mejor compañera de vida.
Entonces ese día, que puede ser un día cualquiera, pero no lo es, decides sacar de tu armario el vestido negro de Dolce & Gabbana, unos tacones altos negros de suela roja que solo te pones cuando hay una parte de tu vida que va a terminar, te dejas el pelo suelto, pones un poco de rubor en las mejillas y algo de brillo en tus labios y sales para coger un taxi rumbo a ese local que conociste un día de la mano de uno de tus amantes, donde saber que seguramente te caerán algunas copas de más, algunas proposiciones indecentes de menos y algún que otro hombre que llegara a entender qué hacía una chica como yo en un lugar como ese, donde para ir no solo necesitabas invitación, sino una cartera de contactos algo abultada.
Llegué, bajé del taxi y me acordé de aquel otro hombre que me dijo una vez que el perfume de chanel que solía llevar por aquella época le recordaba a mi lado más misterioso. Por él, guardé el bote con una pizca de olor, para no olvidarle, para saber que aunque pasaran los años, seguiría en mi memoria. Aquel día lo llevaba. Y no por la idea de querer traerlo de nuevo a mi vida, sino porque debía asumir que él ya no estaba en la mía. Asumir que ya no eres parte del presente de la otra persona, ni su futuro, solo una parte de su pasado. Por eso me armé de valor y decidí que ese no era el olor de los recuerdos, sino el de una nueva oportunidad.
Entré al local y vi la mesa donde nos sentamos aquella vez, rodeados de gente que miraba, de mujeres que querían ser yo, de hombres que quiseran ser él. Al fondo alguien me levantó la mano. Sonreí. Estaba allí, con su corbata roja, una chaqueta azul marino y su siempre característico pañuelo. Me invitó a la barra y me dijo que se alegraba de verme. Siempre te alegras cuando ves a una buena amiga con la que compartiste veladas hasta el amanecer, con algunas botellas de vino de por medio, que hacen que la resaca sea todavía más aguda. Desahogarte es más que una necesidad un acto social en el que todos dan su punto de vista pero nadie sería capaz de hacer lo que te dice que tienes que hacer.
Me pedí un martini solo y le dije que estaba allí porque quería empezar una nueva etapa. Me dijo que yo no soy de las que empiezan nada, que simplemente suelo maquillar la realidad y salto de uno a otro. Aquello me sentó como un jarro de agua fría y le dije que estaba esperando a un amigo y que volvía enseguida. Me crucé con un joven y le pedí que hablara conmigo como si me conociera. Aquello me recordó que pudiera ser que mi amigo no fuera muy descaminado. Una vez, cuando lo dejé con uno de mis ex, recuerdo que quedamos y cuando íbamos en el coche, delante de los amigos, empezamos a tontear, las manos iban a parar a sitios que empezaban a abultarse, las sonrisas complices, las miradas picaronas, las palabras insinuantes... Me costaba con demasiada frecuencia cerrar etapas definitivamente de mi vida. Puede que no fuera tan fuerte como me imaginaba.
Al final, descubrí que nadie iba a entenderme si la primera que no me entendía era yo. Tenía el móvil lleno de nombres pero realmente ¿cuáles de ellos estaban en mi vida? Estaba a punto de borrar el último de ellos y alguien me tocó en el hombro. Me giré y cuando le vi, no solo me sorprendí sino que sonreí. Era como si mi ángel de la guarda hubiera bajado. Al final, las personas no cambiamos, ni maquillamos nada. Al final creo que va a resultar que las personas no queremos dejar de ser lo que somos.
¿Todavía recuerdas esos besos con sabor a nube? Me dijo como si no hubiera pasado el tiempo. La verdad es que no le esperaba por allí. Siempre había criticado esos sitios tan llenos de pijos como él decía, a la espera de encontrar la cena de esa noche. Yo siempre le había dado la razón. Pero lo cierto era que estábamos allí, los dos, mirándonos con cara de tontos.
¿Y si todos quisieramos dejar que esas mariposas no se vayan de ahí nunca? Los dos siempre vivimos de una forma muy distinta el amor. Yo siempre pensé que cuando uno lo hace es para siempre y él decía que era para ese instante. Aún así, nunca teníamos ningún tipo de problema en seguir juntos. A los dos nos gustaban los riesgos. Los dos hacíamos demasiadas preguntas. Me dijo que quizás era el momento de irse. Le dije que me parecía una buena idea. Bajando las escaleras me cogió de la mano, me echó sobre la pared y me dio un beso.
Tus besos ahora no saben a nube, saben a un hombre adulto que me echa de menos. Mis besos ya no saben a una niña inocente, saben a una mujer que no sabe lo que quiere, pero que sigue convencida en encontrarlo.
Los antepasados vienen al presente con demasiada frecuencia. Los viejos amigos siempre están para echarte una mano. Y los nuevos propósitos siempre son eso, propósitos que podrían cumplirse pero no sabes cuándo.
Pedimos un taxi, nos marchamos lejos de aquel sitio, de aquellos hombres que ya no eran nada en mi vida. Tenía a mi lado a uno mas de la lista. Quizás el único que me podría llevar del pasado al futuro en un abrir y cerrar de ojos. O de la noche a la madrugada en un abrir y cerrar de piernas.
¿A qué sabrán tus próximos besos? Los mios no lo se, pero pienso descubrirlo sobre unos altos tacones, y si son rojos, mucho mejor...
22 diciembre, 2011
El complicado momento de decir NO
Las mujeres inteligentes saben que aunque ella sea la mujer adecuada,
el hombre equivocado siempre será el hombre equivocado.
Me había pasado en cientos de ocasiones. Había tenido la tentación de escribir algo, lo había escrito y cuando ya estaba prácticamente terminado, por unos u otros motivos, se quedó todo ahí, parpadeante, con el ratón sobre el botón de enviar, o con el dedo preparado para confirmarlo. Pero tras unos momentos de confusión, decides dejarlo todo y enviarlo a ese misterioso lugar que existe en el ciberespacio donde eliminas aquello que no quieres. Con la ventaja de que no puedes recuperarlo despues. En ocasiones, eso es algo que deberíamos hacer con ciertas relaciones que nos atormentan, pero que no paramos de retroceder, de dudar entre si seguir adelante o dejarlas para siempre, pero mientras exista la opción, existe la posibilidad de que nos vengan a nuestra mente esos momentos maravillosos y queramos volver a recuperarlo, pero... no, es imposible recomponer algo que sigue roto.
Nos pasa con demasiada frecuencia, pero afortunadamente, salimos de eso, nos reponemos, compramos un par de zapatos y nos tomamos unos cuantos mojitos y todo se soluciona.
Siempre aparece en la vida de toda persona un momento que resulta determinante y es el crucial momento de tener que decir que no: a una invitación, a una copa despues del trabajo, a un finde en un lugar perdido del mundo, a un regalo, a otro par de zapatos o a una relación. Y de todas ellas, decirle que no a alguien que te gusta, que sabes que seguramente tendrías un sin fin de encuentros que seran maravillosos, que reiras y lo pasaras muy bien, pero como pareja, en un futuro a corto plazo, las cosas no iban a salir bien y aunque te cuesta, dices esas dos letras que en ocasiones, suponen una derrota para la otra persona, o un triunfo a largo plazo, según se mire.
Sin ir mas lejos, la otra tarde me había arreglado para ir a recoger un vestido caro para la boda de una amiga. Si ya de por si es complicado ir a una boda por lo que ello supone, ir sin pareja puede suponer un mal trago, aunque una vez que llega la barra libre, es mejor ir sin nadie, porque misteriosamente, todos acuden a ti, en orden de longitud de vestido. El caso es que cuando salí era más temprano de la cuenta y decidí llamar a un amigo para que se tomara conmigo un café y así charlar sobre nuestras respectivas vidas.
En la cafetería, me dijo que había encontrado a una chica fantastica pero que conforme la había ido conociendo había comprendido que le gustaba, pero que no podría tener nada en un futuro con ella. Se habían ilusionado los dos, se habían imaginado un futuro que era imposible, pero se habían aferrado a esa idea. Y se habían topado de bruces con la realidad. Ella le había dicho de irse a su piso a vivir y formalizar una relación, pero él, tras mucho pensarlo y darle vueltas a la cabeza le dijo que no. Obviamente la chica salió llorando y no ha vuelto a saber nada más de ella. Eso me hizo preguntarme ¿Creemos que el hombre que aparece, será siempre el definitivo? ¿Estamos nosotras más dispuestas a atarnos emocionalmente que ellos?
Yo le conté que me había pasado muchas veces el tener que decir que no, y que obviamente, siempre me había costado mas decirlo si esa persona me importaba algo. Es algo curioso porque a lo mejor una persona que seguro te haría un bien a tu lado, no sientes esa chispa, pero una que seguramente no debería estar ahí, se te hace dificil echarla de tu vida. ¿No es acaso una gran contradicción?
Conforme van pasando los días, conforme una va teniendo una mayor experiencia, se va dando cuenta de que en realidad, siempre esperamos con mayor ilusión un Sí en nuestra vida, una confirmación que suponga encontrar esa felicidad, esa noticia que estabamos esperando desde hace tiempo. Pero en ocasiones, un No, aunque suponga una negación, puede que sea una gran noticia con el tiempo.
Las relaciones suponen una gran aventura para aquellos que se deciden a iniciarla, a llevar a cabo una experiencia apasionante, donde el principio es mágico, donde ese primer beso, ese primer "te quiero", esa primera sonrisa... Todo tiene un sabor especial. ¿Qué es lo que tiene mayor importancia al fin y al cabo para nosotros? ¿Somos capaces de tomar decisiones cuando estamos enamorados?
La navidad, queridos míos, es esa época del año en la que se dice que sí, aunque se quiera decir que no. Se dice que no con la boca pequeña por miedo a que ese gran si sea más grande de lo que esperamos. Esa fecha especial en la que añoras, recuerdas, echas de menos, de una u otra forma todas las letras que han formado parte de tu vida, parecen sentarse en la mesa, para recordarte lo que fuiste. Para recordarte lo que serás si no tomas decisiones. Para decirte que aunque ya no están fisicamente contigo, están dentro de ti y por supuesto, mientras las recuerdes, nunca se irán.
¡¡Feliz Navidad!!
12 diciembre, 2011
Coitus Interruptus
Los hombres se van enamorando de quien se sienten atraídos,
las mujeres se van sintiendo atraídas de quien se enamoran.
Iba a llamar al timbre, pero un hombre de mediana edad en la puerta, me sonrió. Me dijo que si quería, me abría y le agradecí su amable gesto. Se quedó mirándome unos instantes y mientras me dejaba que entrara, noté como una sonrisa de esas que dicen muchas cosas, de esos pensamientos retorcidos que en ocasiones nos asaltan de repente, se clavaba en mi espalda. Me dieron ganas de volverme y decirle que lo que estaba pensando era lo que iba a hacer, pero me dirigí lo más rápida que pude al ascensor, para evitar que alguien me viera. Le di un par de golpecitos con impaciencia al botón que había situado en el número 6 y quise que se cerraran pronto las puertas.
Mientras iba subiendo no paraba de repetirme en mi cabeza mil cosas, iba arrepintiéndome y a la vez con ganas de llegar de una vez. Era una dicotomía que empezaba a fascinarme, porque iba imaginandome en la cabeza todo lo que íbamos a hacer, todo lo que queríamos hacer realidad, todo lo que habíamos hablado la noche anterior y que por el móvil, de madrugada, susurrándome al oído, sonaba tan tentador.
Llamé al timbre y me abrió. Su cara era una mezcla entre "te estaba esperando" y "por fin vamos a hacerlo otra vez". Y la mía era la de "empieza a desnudarte, que no perdamos tiempo". Una vez dentro iba quitándome la ropa y la iba dejando sobre la silla. Él me seguía algo mas lento. El reloj jugaba en nuestra contra. Me metí en la ducha y él me miraba. Yo estaba completamente desnuda y él todavía se decidía sobre en qué momento podría desprenderse de los slip que llevaba. Ya los había visto en muchas ocasiones. Le insistí en que no tardara y nos metimos los dos debajo del agua.
Solo notar el roce de nuestros cuerpos, el agua caliente recorriéndonos, el olor a jabón y unas manos traviesas tocando la espalda. Nos miramos. Nos besamos. Nos arrimamos tanto que al agua le costaba encontrar nuevos caminos para bajar. Recuerdo con tal nitidez todas y cada una de las cosas que hicimos que se me vuelve a acelerar el corazón.
Me pasó una toalla y nos fuimos a la cama. Allí, nos tumbamos y como si no hubiera mañana, nos besamos apasionadamente. Me puse encima, luego se puso de lado. Luego yo quedé debajo, sus manos me agarraban con fuerza, mis piernas se aferraron con ímpetu. Los muelles de la cama sonaban en la pequeña habitación. Los gemidos que salían de nuestra garganta acompañaban el sonido de esos instantes.
Le mordí con brusquedad en el hombro. No quería que parara. Pero de repente, sonó el teléfono. Le pedí que no lo cogiera. Pero al segundo sonó el mio. Ya no nos podíamos concentrar. Cuando los teléfonos pararon, continuamos con lo que estábamos haciendo. La vela de la habitación bailaba a nuestro compás. Pero de nuevo los teléfonos se pusieron de acuerdo y tiramos de las sábanas. Fuimos corriendo a nuestros respectivos y vimos que eran las alarmas. Debíamos salir de allí cada uno a su respectivo trabajo.
A propósito de todas las enmiendas que nos habíamos planteado, llega un día en la vida de toda persona que se pregunta si realmente tendremos remedio o por el contrario, seremos un caso perdido.
Estaba en la cama cuando mientras escuchaba una canción, llamó a mi móvil. Cierto era que pensaba en él en ese preciso instante, pero me resultó curioso. A lo largo de la conversación sus palabras eran cariñosas, tiernas, llenas de un misticismo que me hizo creer que quizás, ese hombre se había enamorado. ¿Pero esos hombres son capaces de enamorarse? Si tienen lo que realmente se supone que quieren los hombres, ¿deben implicarse emocionalmente? Yo desde el principio no quise, porque sabía que esas cosas suelen tener los días contados, pero me estaba dando muestras para que pensara lo contrario.
A los pocos minutos estaba él en la puerta de mi casa. Le invité a pasar. No habló, simplemente se dirigió al dormitorio y se tumbó en mi cama. Yo cerré y me acosté a su lado. Entonces me pidió que le abrazara fuertemente, algo que hice con todo el amor que pude.
Los dos nos dormimos, sin necesidad de nada mas. Aunque antes de cerrar los ojos y tras lo que me había ocurrido, recapacité.
El Coitus Interruptus no era ir marcha atrás, no era dejar las cosas en el último momento antes de que vayan a más o por el contrario se terminen antes de tiempo. Tampoco era lo que los demás pensaran o las veces que nos interrupían cuando nos mirabamos y saltaban chispas de nuestros ojos. Nuestro coitus interruptus había sido no saber en qué punto nos encontrábamos, al menos, yo creía tener claro dónde estaba, pero él, parecía no querer darse cuenta de que no eramos ni una cosa ni la otra. Simplemente, hablamos de dos personas con necesidades que se sienten bien. Y lo demás, no importa.
Sexo. Amor. Mentiras. Dudas. ¿No es siempre la misma historia con diferentes protagonistas?
Y al despertar estaba allí. Yo, que tantas veces había dicho eso de "nunca..." encontré que siempre hay un "en algún momento...". No íbamos a engañarnos. Pero hay algunas mentiras que son tan deliciosas que sientan bien antes de cometer una locura... O una vez que ya la has cometido.
Llamé al timbre y me abrió. Su cara era una mezcla entre "te estaba esperando" y "por fin vamos a hacerlo otra vez". Y la mía era la de "empieza a desnudarte, que no perdamos tiempo". Una vez dentro iba quitándome la ropa y la iba dejando sobre la silla. Él me seguía algo mas lento. El reloj jugaba en nuestra contra. Me metí en la ducha y él me miraba. Yo estaba completamente desnuda y él todavía se decidía sobre en qué momento podría desprenderse de los slip que llevaba. Ya los había visto en muchas ocasiones. Le insistí en que no tardara y nos metimos los dos debajo del agua.
Solo notar el roce de nuestros cuerpos, el agua caliente recorriéndonos, el olor a jabón y unas manos traviesas tocando la espalda. Nos miramos. Nos besamos. Nos arrimamos tanto que al agua le costaba encontrar nuevos caminos para bajar. Recuerdo con tal nitidez todas y cada una de las cosas que hicimos que se me vuelve a acelerar el corazón.
Me pasó una toalla y nos fuimos a la cama. Allí, nos tumbamos y como si no hubiera mañana, nos besamos apasionadamente. Me puse encima, luego se puso de lado. Luego yo quedé debajo, sus manos me agarraban con fuerza, mis piernas se aferraron con ímpetu. Los muelles de la cama sonaban en la pequeña habitación. Los gemidos que salían de nuestra garganta acompañaban el sonido de esos instantes.
Le mordí con brusquedad en el hombro. No quería que parara. Pero de repente, sonó el teléfono. Le pedí que no lo cogiera. Pero al segundo sonó el mio. Ya no nos podíamos concentrar. Cuando los teléfonos pararon, continuamos con lo que estábamos haciendo. La vela de la habitación bailaba a nuestro compás. Pero de nuevo los teléfonos se pusieron de acuerdo y tiramos de las sábanas. Fuimos corriendo a nuestros respectivos y vimos que eran las alarmas. Debíamos salir de allí cada uno a su respectivo trabajo.
A propósito de todas las enmiendas que nos habíamos planteado, llega un día en la vida de toda persona que se pregunta si realmente tendremos remedio o por el contrario, seremos un caso perdido.
Estaba en la cama cuando mientras escuchaba una canción, llamó a mi móvil. Cierto era que pensaba en él en ese preciso instante, pero me resultó curioso. A lo largo de la conversación sus palabras eran cariñosas, tiernas, llenas de un misticismo que me hizo creer que quizás, ese hombre se había enamorado. ¿Pero esos hombres son capaces de enamorarse? Si tienen lo que realmente se supone que quieren los hombres, ¿deben implicarse emocionalmente? Yo desde el principio no quise, porque sabía que esas cosas suelen tener los días contados, pero me estaba dando muestras para que pensara lo contrario.
A los pocos minutos estaba él en la puerta de mi casa. Le invité a pasar. No habló, simplemente se dirigió al dormitorio y se tumbó en mi cama. Yo cerré y me acosté a su lado. Entonces me pidió que le abrazara fuertemente, algo que hice con todo el amor que pude.
Los dos nos dormimos, sin necesidad de nada mas. Aunque antes de cerrar los ojos y tras lo que me había ocurrido, recapacité.
El Coitus Interruptus no era ir marcha atrás, no era dejar las cosas en el último momento antes de que vayan a más o por el contrario se terminen antes de tiempo. Tampoco era lo que los demás pensaran o las veces que nos interrupían cuando nos mirabamos y saltaban chispas de nuestros ojos. Nuestro coitus interruptus había sido no saber en qué punto nos encontrábamos, al menos, yo creía tener claro dónde estaba, pero él, parecía no querer darse cuenta de que no eramos ni una cosa ni la otra. Simplemente, hablamos de dos personas con necesidades que se sienten bien. Y lo demás, no importa.
Sexo. Amor. Mentiras. Dudas. ¿No es siempre la misma historia con diferentes protagonistas?
Y al despertar estaba allí. Yo, que tantas veces había dicho eso de "nunca..." encontré que siempre hay un "en algún momento...". No íbamos a engañarnos. Pero hay algunas mentiras que son tan deliciosas que sientan bien antes de cometer una locura... O una vez que ya la has cometido.
30 noviembre, 2011
Las crisis en tiempos de crisis
No seré la primera en llamarle y si no vuelve a dirigirme la palabra
le recordare cariñosamente, como un idiota.
Hablando la otra noche con un amigo, me comentó que las relaciones en general y las sexuales en particular se están viendo afectadas por la crisis. La gente no quiere comprometerse y busca encuentros que les sacien y después, hacen mutis por el foro, como si no hubieran existido nunca.
Además, me comentó que las mujeres lo tenemos mucho más fácil, puesto que siempre habrá un hombre (o un desesperado, según se mire) dispuesto a descargar sus ganas en cualquier chica que se deje.
Visto así me pareció realista pues si de algo me estoy rodeando es de ese tipo de personas. Tanto mis amigas como el resto de personas que conozco que no tienen una relación en firme están en la misma tesitura. Sin embargo conozco más mujeres que hombres que han llegado a enamorarse o que esperaban algo más de ese gentil galán que se las había prometido muy feliz a su lado. Cosa que me hace preguntarme entonces: ¿Sexo pasajero o amor a pilas? ¿Sexo sin compromiso o amor de pago?
Otro de mis amigos asegura que necesita una mujer a su lado porque echa de menos estar con alguien con quien compartir una velada agradable, una tarde de cine o unas risas hasta el amanecer, sin embargo conforme avanza nuestra conversación, me asegura que necesita una mujer pronto porque lleva cuatro años de larga sequía. ¿No nos estamos contradiciendo? ¿No esperamos en ocasiones que sea la pareja la que llene esos huecos que hay en nuestra vida?
Pero si nos vamos al lado opuesto, las relaciones estables también se están tambaleando y parece que muchos están tentados a pasarse a la parte de los que tienen la libertad de no estar con nadie y se sienten atados a alguien, aunque solo sea en la cama y por unas horas. Parece que en definitiva solo nos importa no estar solo y ocupar esas horas del día al lado de alguien, y si es pasando un rato agradable, mejor que mejor. Puede que muchos no hayan sido capaces de asumirlo y por eso prefieran estar en medio de esa delgada línea que separa el estar con alguien físicamente de querer estar con otras emocionalmente. ¿Podría eso ser llamado infidelidad? Puede que sea más cuestión de felicidad.
Y es que a mi personalmente, después de todas esas letras y todo lo que he podido aprender de ellas, de todos esos hombres que dicen ser "únicos" que prometen cientos de lunas, que me escriben maravillosas cosas que quedan solo en eso, que aparecen y desaparecen cual marea, que te llaman una vez y parecen arrepentirse de haberlo hecho, después de todos ellos ¿Quedará algún hombre? ¿Tanto a afectado la crisis a las situaciones emocionales?
Un sabio amigo me dijo que a él la crisis ya le había pillado de lleno y que estaba pensando desesperadamente en intentar conquistar a alguna que se dejara con la que pasar la crisis por un tiempo. Y una amiga me comentó que ahora es la mejor época para elegir porque hay muchos que andan a la desesperada. Puede que yo, a la que nadie me convence ahora, prefiera esperar desde un segundo plano y comprobar in situ, los grandes errores que cometemos buscando algo que no necesitamos y pidiendo algo erróneamente cuando queremos decir otra cosa.
Aprendí en su momento que si un hombre no te llama es porque no quiere. De la misma forma que me di cuenta de que cuando hablaba muy poco con un nuevo chico que había conocido era porque realmente no quería saber nada de lo que me estaba contando. Y es que muchas veces nos cuesta reconocer esas pequeñas señales (o tan grandes que nos hemos cegado). El juego de la seducción es tan interesante que en plena crisis, profesionales y aficionados se han lanzado de cabeza a la piscina para mojarse. ¿Conseguirán sus propósitos? Creo que eso será una búsqueda desesperada que estará presente en nuestras vidas. Solo tengo que mirar los e-mails invitándome a algunas fiestas donde se vende cuerpo al peso y máscaras a granel con el pretexto de que la noche es jóven y hay que disfrutarla.
Puede que ahora no nos aclaremos demasiado y por eso muchas hayan decidido dejar las cuestiones de los sentimentalismos a un lado y prefieran en lugar de ir a buscar a su príncipe azul, buscar un lobo con unas grandes manos, unos grandes ojos y todo lo que los lobos tienen que tener.
O puede que nos hayamos nosotras puesto un disfraz de cordero para esconder la verdadera loba que llevamos dentro.
Otro de mis amigos asegura que necesita una mujer a su lado porque echa de menos estar con alguien con quien compartir una velada agradable, una tarde de cine o unas risas hasta el amanecer, sin embargo conforme avanza nuestra conversación, me asegura que necesita una mujer pronto porque lleva cuatro años de larga sequía. ¿No nos estamos contradiciendo? ¿No esperamos en ocasiones que sea la pareja la que llene esos huecos que hay en nuestra vida?
Pero si nos vamos al lado opuesto, las relaciones estables también se están tambaleando y parece que muchos están tentados a pasarse a la parte de los que tienen la libertad de no estar con nadie y se sienten atados a alguien, aunque solo sea en la cama y por unas horas. Parece que en definitiva solo nos importa no estar solo y ocupar esas horas del día al lado de alguien, y si es pasando un rato agradable, mejor que mejor. Puede que muchos no hayan sido capaces de asumirlo y por eso prefieran estar en medio de esa delgada línea que separa el estar con alguien físicamente de querer estar con otras emocionalmente. ¿Podría eso ser llamado infidelidad? Puede que sea más cuestión de felicidad.
Y es que a mi personalmente, después de todas esas letras y todo lo que he podido aprender de ellas, de todos esos hombres que dicen ser "únicos" que prometen cientos de lunas, que me escriben maravillosas cosas que quedan solo en eso, que aparecen y desaparecen cual marea, que te llaman una vez y parecen arrepentirse de haberlo hecho, después de todos ellos ¿Quedará algún hombre? ¿Tanto a afectado la crisis a las situaciones emocionales?
Un sabio amigo me dijo que a él la crisis ya le había pillado de lleno y que estaba pensando desesperadamente en intentar conquistar a alguna que se dejara con la que pasar la crisis por un tiempo. Y una amiga me comentó que ahora es la mejor época para elegir porque hay muchos que andan a la desesperada. Puede que yo, a la que nadie me convence ahora, prefiera esperar desde un segundo plano y comprobar in situ, los grandes errores que cometemos buscando algo que no necesitamos y pidiendo algo erróneamente cuando queremos decir otra cosa.
Aprendí en su momento que si un hombre no te llama es porque no quiere. De la misma forma que me di cuenta de que cuando hablaba muy poco con un nuevo chico que había conocido era porque realmente no quería saber nada de lo que me estaba contando. Y es que muchas veces nos cuesta reconocer esas pequeñas señales (o tan grandes que nos hemos cegado). El juego de la seducción es tan interesante que en plena crisis, profesionales y aficionados se han lanzado de cabeza a la piscina para mojarse. ¿Conseguirán sus propósitos? Creo que eso será una búsqueda desesperada que estará presente en nuestras vidas. Solo tengo que mirar los e-mails invitándome a algunas fiestas donde se vende cuerpo al peso y máscaras a granel con el pretexto de que la noche es jóven y hay que disfrutarla.
Puede que ahora no nos aclaremos demasiado y por eso muchas hayan decidido dejar las cuestiones de los sentimentalismos a un lado y prefieran en lugar de ir a buscar a su príncipe azul, buscar un lobo con unas grandes manos, unos grandes ojos y todo lo que los lobos tienen que tener.
O puede que nos hayamos nosotras puesto un disfraz de cordero para esconder la verdadera loba que llevamos dentro.

















