El Gran Encuentro

Duda que sean fuego las estrellas,
duda que el sol se mueva,
duda que la verdad sea mentira,
pero no dudes jamás de que te amo.
William Shakespeare.
La cena había estado fabulosa, como siempre. Hacía ya un par de meses que no lo había vuelto a ver desde la última vez. Él estaba fabuloso, como si el tiempo no hubiera pasado por su cuerpo. Yo llevaba un gran abrigo. Esa noche hacía demasiado frío como para no abrigarse lo suficiente.
El camarero nos indicó una mesita reservada para dos, en una esquina tranquila y a la penumbra. Nos pedimos dos copas de vino y empezamos a charlar mientras esperábamos la cena. He de confesar que tenía mucho apetito. Quizás tanto o más que él. Brindamos y nos miramos a los ojos. Apenas podía pensar cómo él había hecho que mi ilusión resurgiera de entre las cenizas de una vida marital poco apasionante.
Durante la cena, se sucedieron rozamientos y tocamientos dignos de adolescentes en época estival. Disfruté cada mordisco de aquella explosión de sabores en uno de nuestros restaurantes favoritos. Y como siempre, el postre, lo dejamos para el final...
Me invitó a subir en su coche. Ya allí, con los pies algo fríos y el resto del cuerpo caliente, empezamos a jugar, disfrutando de cada semáforo en rojo que nos agradecía su visita con un guiño verde. Sus manos se perdían camino arriba por mis muslos que cada vez desprendían más calor. El epicentro de mi cuerpo desprendía fuego.
Cuando me abrió la puerta de su casa, ya no podíamos más. Me subió a la mesa de la cocina y desde allí, mientras no parábamos de besarnos sin cesar, comenzaba a desnudarme dejando la cocina con la poca ropa que podía esconder tras mi abrigo.
Su torso y su musculatura iban adoptando formas esculturales, dignas de las estatuas griegas más fornidas, algo a lo que no me pude resistir en ningún momento desde que se quitó la camisa y se dejó puestos los vaqueros con el cinturón que al poco rato le arranqué de un plumazo.
Le apasionaban mis tacones. Sabía que si los llevaba rojos, era buena seña, esa noche iba a ser muy larga. Empezó por lamer con cuidado mis pezones que ya estaban completamente erectos y seguía bajando hasta mi ombligo, donde se detuvo también unos instantes. Continuó bajando y siguió hasta perderse entre mis piernas. Yo, cerré los ojos, respiré profundamente y me dejé llevar. Nada podía hacerme perder la cabeza ni la compostura excepto él, que siempre conseguía lo que quería.
Al día siguiente, mientras estaba trabajando, recibí un mensaje suyo: "Exquisito el postre de anoche. Estaba en su punto".




Una mesa para dos puede acabar de la forma más salvaje, dos desconocidos que acaban conociéndose a fondo, con unos tacones rojos de por medio...
Deliciosamente salvaje ;-)
Un relato muy apasionante ,las mezclas del frio y del calor, esa tensión deliciosa del premomento, esos preliminares que tanto nos gustan... La provocacion al lado, un deseo irresistible, que nos hace sentir vivos !. besos mas alla del pecado
mmm... me encantan los postres con crema!
jajaja.
degustar... me gusta esa palabra.
un beso
your blog is very fine......
Ñauuuu...
Suculento, el postre tenía alguna cereza...
Que rico es recibir esos mensajes, de un trabajo bien cumplido...
Seguramente mana que ha metabolizado para que vivas en el por siempre.
Me encanto tu blog.
Me encantaron tus Tacones Rojos.
Besos a tus Tacones Rojos
Hola sabes desde hace tiempo eh leido algunos de tus post, me gusta mucho como escribes te mando una felicitacion espero me permitas seguir leyendote,
saludos,
Uyyyy cuando la pasión se mezcla con el deseo y una cena exquisita... El postre es lo mejor de todo.
Delicioso tu relato!
Mi primera visita a tu blog... genial! me lo pongo en favoritos para poder seguir leyendo de forma tan deliciosa todas esas sensacines tan prohibida y tan mías. Gracias!